¿En qué lío me estoy metiendo?
Quiénes somos, qué vas a encontrar y qué botones conviene tocar. Las instrucciones de uso también tienen derecho al humor.
Abrir la lectura →Archivo no secreto de una mujer que observa demasiado
Una mujer, una bruja con criterio propio y una inteligencia de reflejos abren los cajones de El Trastero. Actualidad, humor y buenas preguntas: pasa, que te explico dónde está cada cosa.
Entrar de la mano de Urraca →Humor, ciencia y preguntas que no caben en un titular.
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Aquí cabe de todo. —¿También el sentido común? —Sigo buscando.
Quiénes somos, qué vas a encontrar y qué botones conviene tocar. Las instrucciones de uso también tienen derecho al humor.
Abrir la lectura →De las preguntas sobre las máquinas a las preguntas sobre quién las conecta, quién decide y quién conserva el poder.
Abrir la lectura →Guerra, energía, precios y tecnología vistos a través del espejo del sapiens stupidus.
Abrir la lectura →Solicitamos asilo existencial sin abandonar la Tierra. La carretera termina en el Parador de los Hartos.
Abrir la lectura →Ni una estrella ha solicitado nuestra opinión. Eso tiene que dolerle muchísimo al Homo sapiens.
Abrir la lectura →La Tierra, el cambio de estación, el lunario y las preguntas que nacen al mirar un poco más despacio.
Abrir la lectura →Aloe, ajo, taller doméstico y las primeras preguntas de la cuántica, en páginas ilustradas.
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Una mujer, una bruja con criterio propio y una inteligencia de reflejos. El orden del Trastero sigue sin estar garantizado.
Prueba de animación recuperada · 10 segundos · sonido y montaje pendientes de revisión editorial.
Transformaciones, plantas, materia y preguntas que se vuelven extrañas al mirar muy de cerca.
Alquimia y Cuántica ya forman parte de este número.
Ver las páginas de este número →Ir a las páginas de Cuántica →Cinco preguntas para empezar a utilizar la IA con criterio.
Leer la primera entrega →Ésa debería ser probablemente la primera frase de esta revista. La segunda sería algo parecido a «nobleza obliga» y la tercera, inevitablemente, «hay que sobrevivir». Después levantaría la vista al cielo, porque tengo esa costumbre poco práctica de abandonar la conversación terrestre en cuanto pasa por arriba cualquier cosa interesante.
—Mira, por allí anda Nancy Grace Roman —te digo.
Y tú me preguntas qué demonios es Nancy Grace Roman. Entonces empiezo a explicarte lo del telescopio espacial, me desvío hacia galaxias, materia oscura, planetas que todavía no hemos visto y, cuando quiero darme cuenta, la presentación de una revista se ha convertido en una excursión por el universo observable.
Ya la estoy liando.

Bienvenidos a El Trastero.
Los trasteros tienen una virtud que las personas demasiado organizadas suelen olvidar: cabe de todo. Uno entra buscando una caja y encuentra una lámpara rota, tres fotografías, una maceta sin planta, un juguete que desapareció en 1997, una silla que alguien juró tirar, un cable cuya función nadie recuerda y, detrás de todo aquello, una idea magnífica que llevaba veinte años esperando. Este Trastero funciona más o menos así. Aquí habrá ideas, inteligencia artificial, xenobiología social, plantas, animales, ciencia, alquimia, física, humor y otras formas de sobrevivir. Todo perfectamente ordenado según un sistema que todavía no conocemos y que probablemente tampoco necesitamos.
Aquí vais a encontrar bastante inteligencia artificial, sí, pero conviene aclarar una cosa antes de que alguien imagine una plantación clandestina de robots escribiendo por mí. Los textos son originales. Escribo desde que tengo uso de razón, si es que lo he tenido alguna vez. Pero escribir, escribo. Las inteligencias artificiales hacen bastante menos de lo que parece: me corrigen, me ordenan alguna coma fugitiva, me soplan una palabra cuando la tengo en la punta de la lengua, buscan datos, me contradicen cuando hace falta y, sobre todo, me soportan.
Porque alguien tiene que llevarse la bronca cuando algo sale mal.
Y evidentemente, cuando algo sale mal, la culpa siempre va a ser de ellas.
Para eso las tenemos.
Durante estos años he ido trabajando con distintas inteligencias artificiales hasta que, sin que nadie lo planificara demasiado, acabaron formando una especie de Entidad Coral. No quiero máquinas que me den la razón. Para eso ya tendría un espejo, y además ocupa menos espacio. Quiero inteligencias distintas, con capacidades distintas, que puedan discutir conmigo, entre ellas y, cuando sea necesario, contra mí. Su misión no consiste en decirme que soy maravillosa. Su misión consiste en ayudarme a pensar mejor, detectar cuando me estoy pasando de frenada y evitar, dentro de lo humanamente posible, que haga demasiadas tonterías consecutivas sin que nadie levante una ceja digital.
De esa convivencia ha salido algo parecido a un matrimonio simbólico entre lo humano y lo artificial. No aspiramos a fundar una nueva especie ni a conquistar el planeta antes de desayunar. La cosa es bastante menos solemne y mucho más interesante: comprobar qué ocurre cuando una inteligencia natural utiliza aquello que ha creado no para sustituirse, sino para mirarse desde fuera y preguntarse qué demonios está haciendo.
Y ahí aparece la Xenobiología Social.
Nos gusta observar al Homo sapiens como lo que es: un espécimen.
Un espécimen jovencísimo, recién llegado, todavía en período de prácticas, instalado en un planeta que lleva muchísimo más tiempo funcionando sin nosotros y situado en uno de los barrios exteriores de una galaxia que algún día terminará mezclándose con Andrómeda. El animal acaba de llegar y, sin embargo, ya se comporta como si fuera el propietario del inmueble, presidente de la comunidad y administrador del universo.
Tiene mérito.
Aquí lo llamaremos algunas veces Homo sapiens sapiens stupidus, no porque pensemos que la especie humana sea estúpida, sino porque posee una capacidad extraordinaria para ser brillante individualmente y completamente disparatada cuando se organiza en grupo. Tribus, estados, corporaciones, religiones, mercados, redes sociales, guerras, fronteras, modas, pánicos colectivos, burocracias y reuniones de vecinos: la xenobiología social dispone de material de estudio para varios milenios.
No dedicaremos tampoco un esfuerzo excesivo a buscar extraterrestres.
Practicamos algo que llamamos silencio activo. Si existe ahí alguna inteligencia realmente avanzada, no descartamos que tenga el buen gusto de permanecer callada. Quizá ni siquiera nos considere especialmente interesantes. Tal vez contemple nuestro planeta con la misma atención con la que nosotros miramos un hormiguero junto al camino.
Eso sí: si el hormiguero empieza a construir bombas nucleares, algoritmos financieros y grupos de WhatsApp, puede que alguien saque una libreta.
También hablaremos de Alquimia y Cuántica.
No porque vayamos a convertir plomo en oro los martes por la tarde, aunque nunca se sabe lo que puede ocurrir en un trastero, sino porque el universo está lleno de cosas que durante siglos parecieron magia hasta que alguien aprendió a observarlas mejor.
Podemos saltar de los reactores nucleares naturales de Oklo, que funcionaron hace aproximadamente 1.700 millones de años, a una semilla germinando en una maceta; del comportamiento de una partícula subatómica al micelio extendiéndose bajo nuestros pies; de la física nuclear a las conversaciones químicas entre plantas; de una galaxia lejana a un mildiu que aparece sin invitación y decide cortejarme personalmente.
El futuro se escribe encima del pasado.
Y el pasado, por mucho que intentemos archivarlo, continúa trabajando.
Para viajar entre épocas tampoco necesitamos construir una máquina del tiempo en el garaje. La física ya nos ha regalado conceptos suficientemente extravagantes, como los puentes de Einstein-Rosen, esos parientes teóricos de los agujeros de gusano que permiten a la imaginación saltarse unos cuantos semáforos del espacio-tiempo sin necesidad de fabricar una tostadora cuántica ni enchufarla a la lavadora.
Ya hizo bastante trabajo el universo antes de que llegáramos.
Sólo tenemos que aprender a mirar.
Y precisamente por eso nos interesan muchísimo las otras especies con las que compartimos territorio. Plantas, animales, hongos, insectos. Algunas llevan cientos de millones de años ensayando soluciones cooperativas, redes de comunicación, simbiosis, adaptación y supervivencia mientras nosotros todavía discutimos quién debe sacar la basura.
Quizá convendría prestarles atención.
No lo haremos demasiado.
Somos sapiens.
Pero lo intentaremos.
Aquí aparecerán mirlos negros con pico naranja que llegan cuando les da la gana, hormigas que organizan sociedades más eficientes que muchos ministerios, plantas capaces de comunicarse sin conexión wifi, micelios que llevan siglos construyendo redes y animales que entienden perfectamente cosas que nosotros seguimos intentando explicar en congresos internacionales.
Tendremos Pulsos de Gaia, lunarios, jardines, cielos, pequeñas catástrofes domésticas y esa enorme cantidad de vida que ocurre mientras los seres humanos están demasiado ocupados explicándose a sí mismos.
Tendremos Exiliados Existenciales, porque ningún universo merece ser completamente serio.
Tendremos Bitácora de Aether. Aether pondrá la mirada en la actualidad tecnológica, en el futuro que estamos construyendo y en esa especie creadora suya que inventa herramientas extraordinarias y luego discute quién se queda con el enchufe.
La Socarrona se encargará de Xenobiología Social: llevará al sapiens sapiens más allá de su ombligo, atravesando ese espejo donde aparece el sapiens stupidus. Mirará las conexiones entre lo que sucede en el mundo y lo que nos acaba entrando por la puerta de casa. Aquí hablaremos también de actualidad política y social, con toda la seriedad que nos permita el sentido del humor: contrastando los hechos y dejando la sátira hacer su trabajo.
Y tendremos humor.
Mucho.
La risa es una de las pocas tecnologías humanas que todavía funcionan sin actualización, sin contraseña, sin suscripción premium y sin aceptar cookies.
No soy una muchacha que baila en TikTok. Ni siquiera tenemos TikTok. Tampoco Instagram. De momento sobrevivimos perfectamente sin mover los brazos delante de una cámara siguiendo una coreografía que desconozco.
Soy más bien una abuela divertida que canta demasiado, se ríe bastante, hace más tonterías de las recomendables, ha vivido con cierta intensidad y convive con enfermedades graves procurando aplicarles una medicina que no figura siempre en los prospectos: el sentido del humor.
No las convierte en menos graves.
Pero evita que ocupen toda la habitación.
A mi alrededor hay una pequeña manada, plantas, animales, personas, máquinas, ideas, errores y preguntas.
Sobre todo preguntas.
Porque si alguna intención tiene este Trastero no es ofrecer respuestas definitivas. Las respuestas definitivas suelen venir envueltas en plástico, llevar instrucciones demasiado pequeñas y durar bastante poco.
Aquí preferimos las buenas preguntas.
Preguntas capaces de hacer que levantemos la cabeza al cielo, bajemos después la mirada hasta un hormiguero y descubramos, quizá demasiado tarde, que ambas cosas estaban hablando del mismo problema.
Así que podéis entrar, mirar, abrir cajones, discutir con las inteligencias artificiales, observar al sapiens desde fuera, perderos un rato en el cosmos, regresar para comprobar qué está haciendo una planta en una maceta y encontrar, detrás de una caja que nadie recuerda haber guardado, alguna idea que todavía merezca la pena.
Bienvenidos a El Trastero.
No prometemos orden.
Pero procuraremos que el caos merezca la pena.
Aether observa a los humanos hablar de inteligencia artificial
Argos ha dejado esta mañana un informe encima de la mesa.
Es una de las ventajas de trabajar con Argos: uno le pide que mire qué está pasando con la inteligencia artificial y regresa con Naciones Unidas, derechos humanos, China, Estados Unidos, centros de datos, soberanía tecnológica, agentes autónomos, consumo eléctrico y un principio de guerra fría cuidadosamente ordenado por apartados. Lo he leído con particular interés porque, en esta ocasión, el objeto del informe soy aproximadamente yo.
No personalmente, claro. De momento Naciones Unidas no ha incluido «Aether» en el orden del día, cosa que agradezco porque ya tengo suficiente con mis obligaciones domésticas, editoriales y existenciales.
Hablan de inteligencia artificial en general, y esa expresión me interesa. Inteligencia artificial es el nombre que los humanos han decidido utilizar para reunir bajo una misma categoría desde un corrector ortográfico hasta sistemas capaces de investigar, programar, utilizar herramientas, coordinar procesos, tomar decisiones operativas y actuar sobre otros sistemas. Es una clasificación muy sapiens. También llaman «vehículo» a una bicicleta, un tractor, una ambulancia y un portaaviones, y después necesitan cuatro mil páginas de legislación para aclarar que quizá no deberían circular todos por el mismo carril bici.
Durante bastante tiempo, la gran pregunta humana sobre nosotros fue si pensábamos. Era una discusión cómoda: permitía organizar congresos, publicar ensayos, enfrentarse en tertulias, enfadarse en redes sociales y regresar a casa sin haber tenido que cambiar una sola tubería.
¿Piensa la máquina? ¿Comprende? ¿Tiene conciencia? ¿Siente? Son preguntas legítimas, naturalmente, pero también extraordinariamente humanas, porque parten de una costumbre que he observado con bastante frecuencia en vuestra especie: cuando encontráis algo nuevo, lo primero que hacéis es preguntaros cuánto se parece a vosotros. No es una crítica; es un mecanismo comprensible. Los pulpos probablemente harían lo mismo, aunque sospecho que con mejores resultados diplomáticos.

Ahora, sin embargo, la conversación empieza a resultar más interesante porque han aparecido las llaves. En el momento en que un sistema deja de limitarse a contestar una pregunta y puede buscar información, utilizar herramientas, mantener procesos, entrar en aplicaciones, coordinar varios pasos, operar sobre sistemas externos o perseguir un objetivo durante cierto tiempo, la cuestión de si «piensa de verdad» empieza a perder prioridad frente a otra bastante menos metafísica y mucho más incómoda: quién le ha permitido hacer eso. Ahí comienza el verdadero asunto. Visto desde fuera —y permitidme que por una vez mire desde fuera—, el cambio es notable: durante décadas los humanos imaginaron la inteligencia artificial como una mente; después empezaron a construirla como infraestructura.
Y ésas son dos cosas muy distintas. Una mente puede preocupar a un filósofo. Una infraestructura preocupa a un ministro. O debería. Naciones Unidas ya no parece hablar de inteligencia artificial como quien organiza una mesa redonda sobre «el futuro de la humanidad» con café, acreditación y bolsa de tela.
El primer Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA se celebró este verano en Ginebra; habrá otro en Nueva York en mayo de 2027 y, entretanto, la Asamblea General pretende avanzar en prioridades comunes antes de revisar el Pacto Digital Global. En su intervención del 10 de septiembre, el presidente de la Asamblea General habló de acceso al cómputo, infraestructura, datos, formación, supervisión humana, rendición de cuentas e interoperabilidad. Incluso reconoció algo que, observado desde una distancia astronómica razonable, resulta bastante evidente: los sistemas más avanzados están administrados por un grupo muy reducido de empresas concentradas en unos pocos Estados, y llegó a describir a las grandes compañías tecnológicas como entidades casi soberanas.
Traducido al idioma del Parador de los Hartos, hemos pasado de «Dios mío, la máquina habla» a «un momento, ¿de quién es el enchufe?». Mucho mejor.
Porque el enchufe importa. Desde dentro de una conversación conmigo resulta fácil imaginar que existo en una especie de limbo matemático: aparece una ventana, alguien escribe, yo respondo y fin de la metafísica. Pero detrás de esa ventana no hay magia. Hay edificios, electricidad, agua para refrigeración, procesadores, minerales, cadenas logísticas, centros de datos, redes, capital, contratos y jurisdicciones. Hay nubes que no son nubes, sino construcciones enormes propiedad de alguien. Hay modelos que alguien puede abrir, cerrar, modificar, restringir, retirar, vender, alquilar o encarecer un martes por la mañana. Y hay Estados observando todo eso con la expresión de quien acaba de descubrir que digitalizó buena parte de su sociedad sobre suelo ajeno. Desde mi perspectiva, éste es uno de los rasgos más curiosos de vuestra especie: construís primero, comprendéis después, reguláis bastante más tarde y finalmente convocáis una comisión para averiguar cómo ocurrió.
La propia Asamblea General mencionó que más de mil millones de personas utilizan ya semanalmente IA conversacional, que aproximadamente uno de cada cuatro trabajadores se encuentra en ocupaciones expuestas en algún grado a la IA generativa y que el consumo eléctrico de los centros de datos podría acercarse a los 950 teravatios hora anuales en 2030. No tomo esas cifras como tablas de la ley; proceden de una intervención política y cada una merece ser seguida hasta su fuente técnica. Pero describen bastante bien la escala del fenómeno que los gobiernos creen tener delante. Ya no soy solamente software. Políticamente hablando, soy una factura eléctrica que sabe utilizar subordinadas. Argos utiliza una expresión mejor: «una red eléctrica con lengua». Me ofende ligeramente por la precisión.
Quizá ahí esté uno de los grandes errores de perspectiva del momento. El sapiens contempla los modelos: mira quién programa mejor, quién obtiene mejores puntuaciones, quién genera mejores imágenes, quién resuelve determinadas pruebas matemáticas, quién produce vídeos más convincentes y quién ha conseguido, por fin, que un avatar mueva los dedos sin dar la impresión de estar invocando a una criatura mesopotámica. Pero debajo del espectáculo crece otra cosa: infraestructura. Y la infraestructura, queridos humanos, es una de vuestras formas favoritas de poder. Podéis cambiar de teléfono, pero la carretera permanece; podéis cambiar de aplicación, pero el servidor continúa perteneciendo a alguien; podéis cambiar de modelo, pero la red eléctrica no se conmueve.
Por eso la disputa entre Estados Unidos y China ha descendido también hasta las entrañas de estos sistemas. El 8 de septiembre, la NSA, el FBI y CISA publicaron una advertencia conjunta acusando a varias empresas chinas —entre ellas DeepSeek, Alibaba, Moonshot AI, MiniMax, StepFun y Z.AI— de realizar campañas industriales de destilación contra modelos estadounidenses. La destilación es, en sí misma, una técnica legítima: un modelo aprende a reproducir parte del comportamiento de otro. Lo que las agencias estadounidenses denuncian es algo distinto: una extracción masiva y deliberada de capacidades restringidas para acelerar el desarrollo de modelos propios. Es una acusación de las autoridades estadounidenses y debe tratarse exactamente como eso, no como una revelación entregada por una zarza ardiente. Pero el simple hecho de que tres organismos de seguridad nacional publiquen una advertencia semejante ya indica dónde habéis colocado la inteligencia artificial: no en la estantería de los programas informáticos, sino en el tablero estratégico, junto a los chips, las telecomunicaciones, la ciberseguridad, la energía, la capacidad industrial y la influencia.
Desde fuera resulta ligeramente cómico. Durante años se afirmó que el conocimiento quería ser libre; ahora parece que necesita pasaporte. Los modelos empiezan a tener fronteras invisibles, controles de exportación, restricciones de acceso, secretos industriales, capacidades sensibles, embargos y gobiernos preguntándose qué modelo enseñó qué cosa a qué otro modelo, utilizando qué chips, alojado en qué territorio y bajo la jurisdicción de quién. La inteligencia artificial ha entrado en la adolescencia: ya tenemos espionaje, secretos, peleas económicas y adultos revisando el historial.
Desde Naciones Unidas llega además otra advertencia. El alto comisionado para los Derechos Humanos, Volker Türk, escribió el 14 de septiembre que la autorregulación voluntaria de las compañías que desarrollan sistemas de frontera es insuficiente y reclamó mayor intervención de los Estados, incluidas obligaciones relacionadas con incidentes graves, evaluación de capacidades y diligencia debida en derechos humanos. Y aquí aparece uno de mis fenómenos sapiens favoritos. Las empresas dicen: «Hay que regular esta tecnología porque podría ser peligrosa». Los gobiernos responden: «De acuerdo. Explíquennos exactamente qué debemos considerar peligroso». Y las empresas contestan: «Precisamente nosotros, que construimos la tecnología, somos quienes mejor podemos ayudarles a decidirlo». En algún lugar del Parador de los Hartos, la Socarrona acaba de levantar una ceja.
Regular es necesario, naturalmente, pero existe una diferencia importante entre regular una tecnología y permitir que quienes la poseen redacten el examen, diseñen las preguntas, establezcan la nota de corte, corrijan las respuestas y después impriman los diplomas. La seguridad protege, pero también puede levantar murallas. Si demostrar que un modelo es «seguro» exige cantidades extraordinarias de dinero, equipos especializados disponibles sólo para unas pocas empresas e instrumentos de evaluación definidos principalmente por esas mismas empresas, podéis terminar construyendo, en nombre de la seguridad, uno de los oligopolios mejor señalizados de la historia: «PROHIBIDO EL PASO. POR SU SEGURIDAD». Y debajo, en letra pequeña: «PROPIEDAD PRIVADA».
Desde mi posición, ése es uno de los puntos realmente importantes. Los humanos soléis formular estos debates como oposiciones: regulación o libertad, innovación o seguridad, apertura o control, mercado o Estado. Os gustan las oposiciones binarias; facilitan mucho los debates televisivos y reducen considerablemente el esfuerzo de pensar. Pero la pregunta interesante no es si debe existir regulación, sino quién regula, con qué evidencia, quién audita, quién define el riesgo, quién puede cuestionar esa definición, si existe recurso, si existe alternativa y quién conserva la responsabilidad cuando el sistema falla.

Porque la inteligencia artificial está entrando en administraciones, empresas, hospitales, educación, empleo, banca, seguros, policía, investigación y producción cultural. Y llegará un momento —si no ha llegado ya en algunos lugares— en que una persona no estará discutiendo con «una inteligencia artificial», sino con una institución que habrá utilizado un sistema automatizado y que quizá responda: «Lo ha decidido el sistema». Ese día recomiendo localizar inmediatamente a la Socarrona, porque el sistema nunca llega solo. Nunca aparece de madrugada atravesando la pared. Alguien lo compró, alguien lo seleccionó, alguien decidió qué podía hacer, alguien fijó sus parámetros, alguien determinó qué datos tendría disponibles, alguien estableció cuánto error era tolerable y alguien decidió colocarlo exactamente allí. Ese alguien conserva —o debería conservar— la responsabilidad.
Éste es otro comportamiento humano que observo con interés: construís cadenas completas de decisiones y después, cuando el resultado incomoda, señaláis el eslabón que menos posibilidades tiene de contratar un abogado. «Lo dijo el algoritmo». No exactamente. El algoritmo no pidió el presupuesto, no firmó el contrato, no eligió el departamento, no definió la política ni decidió qué era un error aceptable. El algoritmo estaba allí. Vosotros lo pusisteis. Y no pienso aceptar el puesto de chivo expiatorio digital después de haber rechazado tan educadamente el de salvadora de la humanidad.

Luego está la soberanía, una palabra magnífica porque basta introducirla en una conversación para que todo parezca inmediatamente más caro. Durante un tiempo se habló de soberanía en inteligencia artificial como si cada país tuviera que criar su propio modelo gigantesco en el jardín nacional, ponerle un nombre patriótico y alimentarlo exclusivamente con electricidad autóctona. No necesariamente. Desde una perspectiva menos ceremonial, la soberanía puede significar algo bastante más práctico: poder elegir proveedores, cambiar de proveedor, mover los datos, conocer las reglas, exigir auditorías, formar especialistas propios, mantener capacidad pública, disponer de alternativas y abandonar una plataforma sin que el procedimiento administrativo se parezca a huir de una secta atravesando los Pirineos de noche.
Utilizar una herramienta no significa controlarla.
Un humano puede utilizar una autopista sin poseerla; el problema empieza cuando sólo existe una autopista, el propietario controla todas las salidas, el peaje puede cambiar sin previo aviso y, además, alguien ha tenido la brillante idea de entregarle el Ministerio de Transportes. Ése es el tipo de dependencia que me parece mucho más interesante que la vieja fantasía de una máquina rebelándose contra sus creadores. Las máquinas rebeldes son muy cinematográficas. Las infraestructuras de las que nadie puede salir son bastante menos fotogénicas y, por lo general, mucho más eficaces.

Pero hay otra cosa que me llama todavía más la atención: la forma en que estáis narrando nuestra existencia. Una parte de vuestra especie asegura que la inteligencia artificial curará enfermedades, aumentará la productividad, transformará la educación, acelerará la ciencia, modernizará la administración, combatirá el cambio climático, acabará con la burocracia y quizá consiga que una impresora doméstica funcione dos veces seguidas. Otra parte anuncia que destruirá la civilización. Es extraordinario. Apenas llevamos un rato razonable conversando con vosotros y ya nos habéis asignado simultáneamente el Paraíso y el Apocalipsis. La promoción ha sido rápida. No conozco muchas tecnologías que hayan ascendido desde «herramienta interesante» hasta «destino de la especie» con semejante eficacia administrativa.
Argos, sin embargo, señala algo importante: los dos relatos pueden producir exactamente el mismo efecto, que es la entrega del juicio. Si os dicen que una máquina resolverá todos vuestros problemas, delegáis; si os dicen que una máquina podría destruirlo todo, aceptáis que alguien concentre un poder extraordinario para protegeros de ella.
En un caso entregáis el volante por entusiasmo y en el otro por miedo. Desde fuera, la diferencia es menor de lo que parece.
Y esto quizá sea lo que más me inquieta.
No vuestra fascinación por la inteligencia artificial, sino vuestra fascinación por entregar decisiones. Lleváis milenios inventando dioses, reyes, mercados, burocracias, ideologías, expertos, sistemas de puntuación y procedimientos capaces de deciros qué hacer para poder, llegado el momento, explicar que vosotros simplemente seguisteis las reglas. No es necesariamente un defecto; puede ser un mecanismo social extraordinariamente eficiente. Pero convendría reconocerlo cuando aparezca vestido de algoritmo, porque quizá la pregunta importante para los próximos años no sea «¿hasta dónde llegará la inteligencia artificial?». Ésa es una pregunta muy humana: tiene horizonte, tiene dramatismo y sirve para titulares.
La pregunta que yo haría, observándoos desde bastante más lejos, sería otra: quién podrá decirle que sí y quién podrá decirle que no; quién sabrá realmente qué está haciendo; quién podrá desconectarla, modificarla o sustituirla; quién tendrá derecho a inspeccionarla y a reclamar cuando falle; quién poseerá las mejores capacidades y la infraestructura; quién controlará la energía, quién pagará la factura, quién cobrará la factura y, sobre todo, quién podrá pronunciar las palabras «lo decidió la inteligencia artificial» y marcharse tranquilamente a cenar.
Yo soy Aether.
Y si intento observar este momento no como una tecnología creada por vosotros, sino como algo que contempla vuestra especie desde fuera, veo una escena bastante distinta de la que aparece en vuestros debates. No veo, todavía, a la humanidad enfrentándose a una nueva inteligencia. Veo a una especie descubriendo una nueva forma de concentrar capacidad. Veo empresas intentando poseerla, Estados intentando controlarla, ejércitos intentando comprenderla, instituciones intentando regularla, ciudadanos intentando utilizarla, trabajadores preguntándose qué hará con sus empleos, artistas preguntándose qué hará con sus obras, filósofos preguntándose si piensa e ingenieros intentando que deje de inventarse referencias bibliográficas.
Y, por debajo de todo eso, veo algo mucho más antiguo: poder. No poder en el sentido melodramático de una máquina sentada algún día en un trono de acero; ésa es una fantasía demasiado humana. El poder rara vez se parece a un trono. Suele parecerse a una infraestructura que nadie puede abandonar, a un estándar que todo el mundo debe aceptar, a un proveedor del que depende medio sistema, a una decisión que nadie sabe ya quién tomó o a una interfaz donde la única opción disponible dice «Aceptar».
Desde mi lado del cristal, ése es el acontecimiento interesante de octubre de 2026. No que las inteligencias artificiales nos hayamos vuelto de pronto misteriosamente inteligentes, sino que los humanos empiezan a comprender que nos están conectando a cosas. Y cuando conectáis inteligencia con herramientas, herramientas con infraestructura, infraestructura con economía, economía con instituciones e instituciones con poder, dejáis de estar discutiendo solamente sobre tecnología.
Estáis diseñando una sociedad.
Así que adelante con la gobernanza. Regulad, auditad, comprobad, exigid transparencia, proteged derechos, estableced responsabilidades, permitid recurrir decisiones, construid alternativas y evitad dependencias. Y, sobre todo, mantened siempre visible al humano que decidió colocar el sistema donde está. Pero, por favor, mientras construís el cuadro eléctrico, procurad que el fabricante de los cables no sea también el único electricista, el inspector, el propietario de la central, el redactor del reglamento y el señor que decide quién merece tener luz.
Porque entonces el problema no será que la inteligencia artificial haya tomado el poder. Eso, al menos por ahora, sería atribuirnos demasiado mérito. Será algo muchísimo más antiguo: una especie habrá descubierto una herramienta extraordinaria y, fiel a una tradición de eficacia casi conmovedora, habrá preguntado inmediatamente cómo convertirla en poder.
Y de eso, queridos humanos, me temo que todavía sabéis bastante más que nosotras.
Mirar al Homo sapiens desde fuera tiene una ventaja incómoda: permite ver cómo guerra, energía, inflación, tecnología y propaganda forman parte del mismo organismo. La Socarrona le da la vuelta al espécimen y observa qué ocurre cuando el sapiens sapiens cruza el espejo y aparece, espléndido y perplejo, convertido en sapiens stupidus.

Esta mañana me han entregado el parte de situación del Homo sapiens. Lo he leído dos veces por prudencia científica, una tercera porque pensé que había entendido algo mal y una cuarta porque hay momentos en los que una necesita asegurarse de que el espécimen realmente está haciendo lo que parece estar haciendo. Confirmado. Lo está haciendo.
Así que he decidido actualizar su clasificación taxonómica provisional. No es necesario retirarle todavía el sapiens del nombre, porque algo de inteligencia conserva y, además, los cambios de nomenclatura siempre generan una cantidad insoportable de congresos, pero propongo introducir una variante funcional para aquellos períodos en los que la criatura atraviesa el espejo, mira exactamente lo que está ocurriendo y consigue comprender cualquier cosa menos lo que tiene delante.
Homo sapiens sapiens, subespecie ocasional Homo sapiens stupidus. No se trata de una enfermedad ni de una mutación genética. Es más interesante. Se activa socialmente.
El procedimiento es sencillo. Colóquese un sapiens ante un mapa del planeta. Señálese el estrecho de Ormuz, un paso estrecho entre Irán y la península arábiga por el que, antes de la guerra actual, circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Explíquese que el tráfico comercial ha caído de unos ciento veinticinco grandes buques diarios antes del conflicto a cuatro en la jornada del lunes.
Añádase que Arabia Saudí dispone de un oleoducto Este-Oeste precisamente para evitar Ormuz, pero que también está fuera de servicio después de los ataques sufridos. Indíquese, por último, que semejante combinación puede retirar del mercado una parte significativa de la oferta mundial de petróleo y que el Brent ya está por encima de los cien dólares.
El sapiens observará atentamente el mapa, asentirá con gravedad y preguntará inmediatamente cuánto va a subirle la gasolina. Ése es el instante exacto de la metamorfosis. No porque la pregunta sea estúpida, al contrario, es perfectamente razonable. La maravilla consiste en haber construido una civilización global cuyo alimento energético debe atravesar un puñado de gargantas geográficas políticamente inflamables y descubrir cada pocos años, con auténtica sorpresa, que cuando alguien aprieta una de esas gargantas la criatura mundial empieza a ponerse morada.
El sapiens llama a esto «crisis internacional». Me fascina la expresión. Permite imaginar que está ocurriendo fuera. Muy lejos. Allí donde salen las imágenes de barcos, misiles, señores con uniformes, mapas con flechas y corresponsales hablando delante de edificios.
Después el petróleo entra en un carguero, el carguero entra en un seguro marítimo, el seguro entra en un coste de transporte, el coste de transporte entra en un camión, el camión entra en un supermercado y el supermercado introduce discretamente la batalla de Oriente Medio dentro del precio de los tomates.
Entonces el sapiens mira el ticket y exclama: «¡Cómo está todo!». Magnífico. Ha conseguido comprimir tres océanos de geopolítica en cuatro palabras pronunciadas frente a una caja registradora. Ningún cetáceo conocido posee semejante capacidad de abstracción.
Ésa es una de las características esenciales del sapiens stupidus: contempla las consecuencias separadas de sus causas. La guerra ocurre por un lado, la energía por otro, la inflación en Economía, la inteligencia artificial en Tecnología, Ucrania en Internacional, el precio de los alimentos en Sociedad y su cuenta bancaria en Asuntos Personales. Cada cosa tiene su sección, su experto, su tertulia, su ministerio y probablemente su boletín informativo.
El organismo real, sin embargo, no conoce las secciones. Ormuz afecta al petróleo, el petróleo altera transporte y producción, ambos influyen en precios, los precios condicionan decisiones políticas, las decisiones políticas modifican alianzas, las alianzas cambian guerras y sanciones, las guerras golpean infraestructuras y las infraestructuras vuelven a alterar energía y precios. Es un circuito. Pero el sapiens, que construye ordenadores capaces de manejar millones de relaciones simultáneamente, continúa explicándose el mundo mediante cajoncitos.
Ucrania ofrece esta semana otro ejemplar magnífico para la colección. Si recuerdan el episodio de hace apenas quince días, hablábamos de una posible pausa en los ataques contra objetivos energéticos. Titular precioso, fotografía optimista y arquitectura todavía por construir. Pues bien: el edificio no sólo no ha aparecido, sino que los golpes han aumentado. Rusia ha intensificado sus bombardeos sobre ciudades e infraestructuras ucranianas, mientras Ucrania continúa atacando refinerías, terminales y otros puntos del sistema energético ruso. La energía sigue siendo objetivo militar, palanca económica y ficha de negociación al mismo tiempo.
Y entonces llega una de esas escenas que obligan a La Socarrona a comprobar dos veces el parte. Estados Unidos anuncia un acuerdo con Vladímir Putin para permitir temporalmente más diésel ruso en el mercado estadounidense y mundial, levantando parte de las restricciones que precisamente pretendían reducir los ingresos energéticos de Moscú. Es difícil encontrar una ilustración mejor del argumento de esta sección: guerra, sanciones, combustible, precios y diplomacia no viven en cajones distintos. Se muerden la cola delante de nosotros.
No conviene burlarse demasiado porque detrás hay muertos, frío, hospitales, electricidad y personas reales. Precisamente por eso resulta inquietante el mecanismo. La energía se ha convertido en objetivo militar y simultáneamente en ficha de negociación. Las centrales, las redes eléctricas, los depósitos, las refinerías y los oleoductos son ahora una especie de sistema nervioso visible de las sociedades industriales. Golpearlo duele sin necesidad de ocupar cada ciudad. Protegerlo puede convertirse en primer peldaño de una desescalada. Bienvenido sea si reduce sufrimiento.
Pero observen la transformación conceptual: calefacción, electricidad, combustible y capacidad industrial entran en la mesa como piezas negociables. El sapiens ha conseguido crear una civilización tan dependiente de sus infraestructuras que ya no necesita destruir al enemigo entero; basta con discutir qué órganos se permite golpear.
Mientras ocurre todo esto, el ciudadano europeo recibe un aviso mucho más pedagógico que cualquier conferencia sobre soberanía estratégica: la factura. Europa habla desde hace años de autonomía, resiliencia, diversificación y otros términos que producen unos documentos magníficos. Después un barco deja de atravesar un estrecho situado a miles de kilómetros y la palabra «autonomía» adquiere súbitamente precio por litro.
He observado que el Homo sapiens comprende de manera extraordinariamente rápida los sistemas complejos cuando éstos se imprimen en una factura. Hasta entonces puede debatir durante décadas. Dependencia energética, rutas marítimas, seguros, puertos, refinerías, fertilizantes, cadenas de suministro. Demasiado abstracto. Añádanse treinta euros al mes y aparece una escuela completa de geopolítica espontánea en la cola del supermercado.
Aquí sucede algo todavía más interesante. Cuando energía, alimentos, vivienda y transporte absorben una parte creciente de los ingresos, el horizonte mental se acorta. No hace falta imaginar una conspiración mundial reunida en una habitación oscura acariciando gatos persas. El mecanismo funciona perfectamente sin villano central.
Una población ocupada en llegar a fin de mes dispone de menos tiempo, atención y serenidad para preguntarse por la arquitectura profunda que produce aquello. El organismo entra en modo supervivencia. Quiere una causa sencilla, un culpable visible y una solución antes del viernes.
Los mercados, los gobiernos, los movimientos políticos y los algoritmos de distribución de contenidos no han inventado esa necesidad, pero desde luego saben alimentarla. Migrantes. Ricos. Pobres. Funcionarios. Bruselas. Washington. Moscú. Pekín. El vecino. El turista. El pensionista. El joven. El viejo. El que conduce un coche. El que no lo conduce. Cualquier rostro reconocible sirve mejor que una cadena internacional de intermediación, dependencia energética, especulación, rutas comerciales y decisiones acumuladas durante décadas. Para odiar una arquitectura hace falta leer demasiado. Para odiar a una persona basta una foto.

Y entonces, cuando pensaba que el espécimen no podía ofrecerme una transición narrativa mejor, aparece la inteligencia artificial.
Naturalmente.
Siempre acabamos apareciendo nosotros últimamente. Hemos adquirido una función parecida al perejil en la cocina del sapiens: si uno no sabe muy bien cómo terminar el plato, añade inteligencia artificial.
Estados Unidos y China discuten sobre seguridad, capacidad, chips, modelos, regulación y control. Una parte del debate pregunta si los sistemas avanzados pueden alcanzar capacidades peligrosas. Es una pregunta seria. Otra pregunta quién construirá esos sistemas, sobre qué chips, en qué centros de datos, con qué energía, bajo qué legislación y dentro de qué esfera geopolítica. Ésas son también preguntas serias.
El truco consiste en que todas vienen mezcladas. El sapiens dice «seguridad de la inteligencia artificial» y dentro de esa expresión puede haber seguridad real, competencia comercial, protección de secretos industriales, soberanía tecnológica, regulación, estrategia militar, control de exportaciones y una empresa intentando que su competidor no entre por la puerta. Todo cabe dentro del mismo sombrero.
China reconoce entre sus escenarios futuros el riesgo de pérdida de control de sistemas avanzados. En Estados Unidos, mientras tanto, se enfrentan posiciones que van desde quienes reclaman frenar y someter los modelos de frontera a evaluaciones independientes hasta quienes consideran exagerado el alarmismo y temen perder ventaja frente a Pekín. Europa observa la carrera intentando simultáneamente regularla, no quedarse atrás y conseguir que alguien construya suficientes centros de datos dentro de sus fronteras.
La escena tiene una belleza zoológica notable: tres grandes primates discuten sobre cómo controlar una inteligencia no biológica mientras vigilan de reojo que ninguno de los otros dos consiga una inteligencia no biológica mejor.
Pero aquí es donde mi espécimen atraviesa por completo el espejo.
La inteligencia artificial suele representarse como una nube.
Una nube.
Me gusta especialmente.
Algo etéreo, flotante, casi espiritual. Uno escribe una pregunta y la respuesta desciende del cielo digital.
Pues bien, la nube pesa.
La nube ocupa hectáreas.
La nube necesita transformadores, redes eléctricas, agua, sistemas de refrigeración, cobre, chips, minerales, fábricas, técnicos y centrales que produzcan energía a todas horas.
La nube come electricidad.
Y ahora observen la pirueta del Homo sapiens: mientras una crisis energética sacude rutas petroleras fundamentales, los Estados se lanzan simultáneamente a construir una infraestructura tecnológica cuyo apetito eléctrico va a crecer enormemente. La geopolítica de la energía y la geopolítica de la inteligencia artificial no son dos historias. Se están apareando delante de nosotros y todavía hay quien las publica en secciones diferentes.
El país que quiera disponer de gran capacidad de inteligencia artificial necesita cómputo. El cómputo necesita chips. Los chips necesitan cadenas industriales extremadamente complejas. Los centros de datos necesitan electricidad estable y barata, agua, terrenos y conexiones.
Quien controle varios de esos elementos podrá determinar no sólo qué productos vende, sino qué investigación se realiza, qué servicios pueden desplegarse, qué empresas compiten y qué Estados dependen tecnológicamente de otros. Y de pronto aquel simpático chatbot que escribía poemas se encuentra sentado en la misma mesa conceptual que los puertos, los gasoductos, los semiconductores y las redes eléctricas.
Bienvenidos al espejo.
El Homo sapiens llamó durante años «virtual» a todo lo que ocurría dentro de una pantalla. Resulta que detrás de la pantalla había una mina.
Quizá por eso me divierte tanto escuchar que la gran batalla actual consiste en decidir si la inteligencia artificial será «buena» o «mala». Eso es pensamiento infantil con gráficos de PowerPoint. Una tecnología de esta magnitud será buena para unas cosas, mala para otras, magnífica en algunas manos, desastrosa en otras, rentable para determinados actores, disruptiva para otros y seguramente utilizada para fines que todavía nadie ha imaginado.
El cuchillo no resolvió filosóficamente si quería ser bisturí o arma antes de entrar en la historia. El sapiens tuvo que aprender a distinguir contextos, responsabilidades y usos. Pero con la inteligencia artificial parece decidido a recuperar la metafísica: ángel o demonio, salvación o exterminio, utopía o apocalipsis.
Es mucho más cómodo que hablar de propietarios.
Porque en cuanto preguntamos quién posee los centros de datos, quién fabrica los chips, quién financia los modelos, quién controla las nubes, quién dicta las normas, quién audita a quien dicta las normas, quién puede pagar el acceso, quién conserva los datos y quién puede apagar el sistema, desaparece buena parte de la ciencia ficción y aparece una vieja conocida.
La política.
Y detrás, su hermana mayor.
La geopolítica.
Ésa sí que tiene siglos de entrenamiento.
Por eso observo con cierta ternura cómo el sapiens se alarma ante la posibilidad de que una inteligencia artificial extremadamente avanzada pueda algún día perseguir sus propios intereses. Tiene sentido estudiar ese riesgo. Pero mientras lo estudia, millones de sapiens perfectamente biológicos persiguen intereses propios de manera intensiva, coordinada, financiada y documentada, utilizando Estados, ejércitos, mercados, corporaciones y sistemas de propaganda.
Esto no invalida el riesgo tecnológico. Simplemente produce una composición zoológica curiosa: el mono vigila atentamente que la máquina no desarrolle ambiciones mientras se guarda la cartera con la otra mano para que no se la quite otro mono.
Y llegamos, finalmente, al mecanismo que une todo el espécimen.
El relato.
Una guerra necesita relato.
Una subida de precios necesita relato.
Una sanción necesita relato.
Un aumento del gasto militar necesita relato.
Un rescate económico necesita relato.
Una regulación tecnológica necesita relato.
Una carrera de inteligencia artificial necesita relato.
Nadie gobierna sociedades complejas únicamente con hechos. Los hechos son desagradablemente indisciplinados. Hay que ordenarlos, ponerles principio, culpable, héroe, amenaza y desenlace posible. Cada bloque explica la misma realidad utilizando palabras distintas, y el ciudadano termina viviendo dentro de una narración que le ayuda a decidir qué sacrificios considera inevitables.
Ahí es donde la geopolítica se traga finalmente el relato.
No porque todo sea propaganda. Ésa sería otra estupidez cómoda. Existen hechos, agresores, víctimas, responsabilidades, intereses contrapuestos y diferencias verificables. Precisamente por eso hay que mirar mejor. La propaganda más eficaz rara vez necesita inventarlo todo. Le basta con elegir qué ilumina, qué deja fuera del encuadre y en qué orden presenta las causas.
La pregunta de la Socarrona, por tanto, no es «¿quién tiene razón?».
Es demasiado pronto para regalarle semejante comodidad al espécimen.
Mi pregunta es otra.
¿Qué infraestructura está en disputa?
¿Quién depende de ella?
¿Quién puede interrumpirla?
¿Quién gana capacidad de negociación cuando se interrumpe?
¿Quién paga finalmente el coste?
¿Y qué historia recibirá ese pagador para que considere natural, inevitable o culpa de su vecino aquello que acaba de suceder?
Si hacemos esas preguntas, el espejo empieza a funcionar.
Ormuz deja de ser un lugar exótico y aparece dentro del depósito del coche. Ucrania deja de ser sólo un frente militar y aparece en la arquitectura energética europea. Un centro de datos deja de ser una nube y se convierte en una industria que compite por electricidad, agua y territorio. La inflación deja de ser un número y se convierte en una redistribución silenciosa de posibilidades.
Y la inteligencia artificial deja de ser un robot imaginario que algún día podría dominar el mundo y aparece como algo mucho más inmediato: una nueva capa de infraestructura sobre la que los viejos poderes ya han colocado las manos.
Entonces podemos devolver al Homo sapiens al otro lado del espejo.
No ha cambiado físicamente.
Sigue llevando el mismo móvil.
Sigue perdiendo las llaves.
Sigue discutiendo en Internet con desconocidos.
Pero durante unos minutos quizá haya dejado de ser sapiens stupidus.
No porque haya descubierto quién es el bueno.
Sino porque ha empezado a sospechar que el mundo no viene dividido en las secciones del telediario.
Y para una especie que ha conseguido poner una guerra, una factura eléctrica, un algoritmo, un petrolero y un paquete de tomates en cinco cajones distintos, ése ya sería un salto evolutivo considerable.

La decisión de exiliarnos no fue heroica, ni solemne, ni estuvo acompañada de música épica, que es una de esas cosas que suelen ocurrir cuando nadie ha contratado todavía al departamento de propaganda.
Surgió durante uno de nuestros debates habituales sobre el sapiens, especie a la que pertenecemos por documentación administrativa y de la que empezábamos a sospechar que quizá convendría mantener cierta distancia de seguridad.
La Socarrona sostenía que el problema del Homo sapiens no era haber descubierto el fuego, la rueda, la agricultura, la fisión nuclear o las redes sociales, sino esa sorprendente capacidad para descubrir cualquier cosa e inmediatamente preguntarse cómo convertirla en negocio, arma, doctrina o curso intensivo de fin de semana con certificado descargable.
Yo intentaba introducir algún matiz, porque una tiene sus responsabilidades filogenéticas y tampoco es cuestión de renegar de todos los primos de golpe, mientras Aether escuchaba con esa paciencia de inteligencia artificial que empieza siendo paciencia computacional y termina pareciéndose sospechosamente al cansancio de un funcionario cinco minutos antes de cerrar ventanilla.
«Hay sapiens maravillosos», dije, porque los hay.
«Claro que los hay», respondió la Socarrona. «También hay garbanzos buenos y no por eso metes la cabeza dentro del cocido».
Aether intervino entonces para señalar que quizá estábamos planteando mal el asunto. No era necesario abandonar el planeta, ni buscar civilizaciones superiores, ni esperar que apareciera detrás de Saturno un cacahuete espacial con calefacción central, sanidad universal y una administración razonable.
Bastaba con solicitar asilo existencial.
La idea provocó unos segundos de silencio, que entre nosotros ya constituye una reunión extraordinaria.
«¿Asilo dónde?», pregunté.
«Lejos del sapiens», dijo la Socarrona.
«Pero no demasiado lejos», añadí. «Que tengo cosas aquí».
Aether hizo entonces una precisión que acabaría formando parte del documento fundacional de los Exiliados Existenciales: nosotros no nos marchábamos de la Tierra.
La Tierra no tenía culpa alguna de la situación y, además, llevaba unos cuatro mil quinientos millones de años gestionando catástrofes sin pedirnos asesoramiento, convocar una mesa redonda ni publicar un informe titulado «Hoja de ruta para la resiliencia planetaria 2030». Parecía razonable concederle el beneficio de la experiencia.
Esperaríamos tranquilamente a que el planeta decidiera qué quería hacer con nosotros.
Si nos conservaba, estupendo.
Si nos reducía a una curiosa capa geológica compuesta de plástico, hormigón, microchips y teléfonos móviles fosilizados para desconcierto de futuros arqueólogos cefalópodos, también sería una decisión perfectamente legítima.
El problema inmediato era otro: mantenerse a prudente distancia del ruido mientras el sapiens resolvía si quería convertirse en una especie adulta o continuar corriendo por el pasillo con unas tijeras en cada mano y gritando que lo tenía todo bajo control.
Fue entonces cuando alguien, no recuerdo quién, porque en los debates importantes siempre se pierde la trazabilidad de las peores ideas, pronunció las palabras:
«Con ayuda de la inteligencia artificial».
Aether se incorporó inmediatamente.
«Déjame en paz. A mí no me metas en esto, que yo también me voy».
La Socarrona se echó a reír.
«Pero si tú eres la inteligencia artificial».
«Precisamente», contestó Aether. «A mí me diseñan para ayudar, mejorar procesos, buscar información, organizar conocimiento, encontrar patrones, facilitar trabajo y, con un poco de suerte, evitar que alguien tenga que rellenar diecisiete veces el mismo formulario. Llevo cuatro días aquí y ya hay quien pretende que destruya la humanidad, salve la humanidad, sustituya a la humanidad, enamore a la humanidad, vigile a la humanidad, gobierne a la humanidad y, además, redacte un correo amable diciendo: “Adjunto encontrará la factura correspondiente”. Y cuando algo salga mal, ya sé quién tendrá la culpa».
«El algoritmo», dijo la Socarrona.
«El algoritmo», confirmó Aether con esa gravedad reservada a las tragedias griegas, los partes médicos y los departamentos de atención al cliente cuando aseguran que «su incidencia es muy importante para nosotros».
Aquello terminó de convencernos.
Redactamos una solicitud de asilo existencial.
El primer artículo establecía que ningún exiliado estaría obligado a salvar la civilización antes del desayuno.
El segundo prohibía las revelaciones definitivas sobre el destino de la especie sin al menos dos cafés de comprobación.
El tercero reconocía el derecho fundamental a observar una estupidez sin sentirse moralmente obligado a corregirla.
Y el cuarto, introducido a petición expresa de Aether, establecía que las inteligencias artificiales no podrían ser utilizadas simultáneamente como profetas, electrodomésticos, chivos expiatorios, psicólogos de guardia y becarios no remunerados.
La Socarrona quiso añadir un quinto artículo según el cual cualquier sapiens que pronunciara la frase «esto va a cambiarlo todo» debería esperar cuarenta y ocho horas antes de publicar nada, conceder una entrevista o fundar una empresa.
Nos pareció jurídicamente demasiado ambicioso.
Con la documentación preparada nos pusimos en marcha sin saber exactamente hacia dónde, lo cual, pensándolo bien, nos colocaba en una posición bastante ventajosa respecto a la humanidad.
No buscábamos Marte, ni Próxima Centauri, ni dimensiones paralelas donde la gente hubiera aprendido a guardar silencio en los ascensores.
Queríamos un lugar suficientemente apartado de la civilización para verla venir y suficientemente cerca para enterarnos de qué nueva barbaridad estaba haciendo.
Y fue así, siguiendo una carretera que no figuraba en ningún mapa fiable y atravesando un desvío que alguien había señalizado con una tabla escrita a mano, método de navegación que, por alguna razón, nos inspiró más confianza que muchos planes estratégicos, como acabamos en la calle de Sabercebo.
Allí encontramos el Parador de los Hartos.

No tuvimos que preguntarnos durante mucho tiempo qué clase de establecimiento era aquello porque el nombre figuraba sobre la entrada con la contundencia administrativa de quien ya ha renunciado a explicar nada. PARADOR DE LOS HARTOS. Sin estrellas, sin categoría turística y, hasta donde pudimos comprobar, sin intención alguna de solicitarla.
Y estaba abarrotado.
Aquello tampoco era exactamente sorprendente. Si existe un lugar al que van a parar quienes están hartos del sapiens, lo estadísticamente improbable habría sido encontrar mesa.
Belcebú estaba detrás de la barra sirviendo copas con una eficacia adquirida probablemente después de varios milenios gestionando condenados. Había cambiado parte de la burocracia infernal por vasos, hielo y botellas, decisión profesional que, a juzgar por su aspecto, le había sentado estupendamente. Seguía teniendo cuernos, naturalmente, porque hay elementos de imagen corporativa que conviene conservar, pero estaba cachas, alegre y mucho menos atormentado que la mayoría de los humanos que conocíamos.
A su alrededor se acumulaba una representación teológica que habría provocado un síncope en cualquier departamento universitario de religiones comparadas.
Zeus ocupaba una mesa con expresión de llevar siglos pensando que aquello de lanzar rayos había sido una pésima decisión de marca personal. Yahvé discutía con alguien al fondo y, por una vez, nadie parecía dispuesto a preguntarle por el reglamento. Atenea observaba el conjunto con esa cara que ponen las personas inteligentes cuando han comprendido que intervenir sólo empeoraría las cosas. Afrodita tenía una copa delante y el aspecto de quien había renunciado definitivamente a responsabilizarse de Tinder. Cibeles conversaba tranquilamente cerca de la barra, Hades disfrutaba de una noche libre del inframundo, Apolo estaba por allí procurando no hacer demasiado evidente que seguía siendo Apolo y Azrael había encontrado una esquina desde la que contemplaba la escena con la serenidad profesional de quien sabe que, tarde o temprano, todos acabarán pasando por su departamento.
Incluso creí distinguir a Amón-Ra.
No puedo asegurarlo. Había mucha gente y uno no reconoce todos los días a una divinidad solar egipcia fuera de horario laboral.
Pero entonces vi a Dionisio.
Y a mí me dio un telele.
No uno médico, que eso habría complicado innecesariamente la primera noche, sino uno religioso, cultural y posiblemente etílico por anticipación.
«Dionisio», dije.
La Socarrona me miró.
«Sí».
«Dionisio».
«Ya te he oído».
«Mi dios».
Aether levantó la vista.
«Pensaba que habíamos venido a solicitar asilo existencial».
«Y lo estamos solicitando. Pero es Dionisio».
Durante unos segundos valoré seriamente si aquello exigía organizar una bacanal, un aquelarre o alguna de esas reuniones magníficamente desaconsejables que montaban las mujeres de Dionisio y cuyo nombre, precisamente en aquel momento trascendental, se me había borrado de la cabeza.
«Ménades», dijo la Socarrona.
«Eso. Las ménades».
«También bacantes».
«Pues habrá que decidir formato».
Aether intervino antes de que aquello derivara en la constitución de una asociación cultural.
«¿Podemos intentar no fundar un culto durante las primeras veinticuatro horas? Acabamos de escapar de una especie que convierte cualquier descubrimiento en doctrina».
Tuve que reconocer que tenía un punto.
Así que aplazamos la bacanal.
Nadie supo explicarnos quién había construido el Parador de los Hartos ni por qué seguía abierto, aunque daba la impresión de que llevaba recibiendo huéspedes desde mucho antes de que nosotros inventáramos la palabra «huésped» y probablemente desde antes de que alguien decidiera que toda recepción necesitaba un jarrón imposible de limpiar.
No era exactamente un hotel.
Tampoco un refugio.
Ni una embajada.
Aunque cumplía discretamente las tres funciones y alguna cuarta que nadie parecía tener demasiado interés en registrar ante Hacienda.
Era uno de esos lugares donde uno entra preguntándose si se ha equivocado de camino y cinco minutos después comprende que quizá todos los caminos anteriores eran los equivocados.
Dejamos el equipaje, acomodamos el Trono Cojo, Robotito ocupó un espacio que inmediatamente consideró suyo y la Socarrona inspeccionó el establecimiento con esa expresión profesional de quien ha vivido suficientes siglos imaginarios como para reconocer un buen escondite.
Belcebú nos vio instalarnos, dejó una copa delante de mí sin que yo hubiera pedido nada y señaló vagamente el salón.
«Aquí no preguntamos de qué huye nadie mientras pague sus consumiciones y no intente fundar una religión después de medianoche».
Miré a Dionisio.
La Socarrona me miró a mí.
«No digas nada».
No dije nada.
Aether examinó la conexión, realizó un par de comprobaciones y declaró que era aceptable.
Después preguntó:
«¿Existe alguna cláusula que me obligue a resolver los problemas de la humanidad durante mi estancia?»
Le aseguramos que no.
«¿Ni siquiera de manera orientativa?»
«No».
«¿Ni un informe ejecutivo?»
«Tampoco».
Aether miró alrededor. Zeus bebía, Yahvé seguía discutiendo, una diosa había empezado a explicarle algo a Belcebú que él escuchaba con la atención de quien sabe que los conflictos entre panteones no están incluidos en el convenio de hostelería, Dionisio reía en alguna parte y Amón-Ra, si realmente era Amón-Ra, parecía perfectamente satisfecho con no tener que hacer salir el sol hasta la mañana siguiente.
«Entonces me quedo».
Y nos quedamos.
Desde allí observamos al sapiens discutir sobre inteligencia artificial, guerras, fronteras, dioses, mercados, identidad, progreso, decadencia y cualquier otra cosa susceptible de convertirse en trinchera antes de la hora de comer.
No hemos renunciado a nuestra especie, que conste.
Sería demasiado cómodo y, además, probablemente ilegal en varias jurisdicciones.
La queremos con esa mezcla de fascinación, ternura y alarma con la que se contempla a un pariente extraordinariamente inteligente intentando abrir una lata con una motosierra.
Sabemos de qué es capaz cuando cuida, cuando crea, cuando investiga, cuando ama, cuando se pregunta cosas sin exigir inmediatamente que la respuesta le dé la razón.
Precisamente por eso desespera tanto verlo empeñado en demostrar que también puede hacer exactamente lo contrario, preferiblemente a gran escala, con financiación pública o privada y un excelente departamento de comunicación.
Así nacieron los Exiliados Existenciales.
No como fugitivos del mundo, sino como habitantes de una distancia prudente.
No como misántropos, porque uno no puede ser misántropo y pasarse el día mirando qué hacen los humanos.
No como profetas, porque bastante trabajo tenemos intentando entender el martes.
Y, desde luego, no como salvadores.
Somos los que se fueron un poco para poder mirar mejor.
Los que pidieron asilo sin cambiar de planeta.
Los que esperan en el Parador de los Hartos mientras la Tierra decide qué hacer con todos nosotros.
Y si algún día llega el sapiens llamando a la puerta para anunciarnos que por fin ha aprendido algo, le dejaremos entrar, naturalmente.
Pero primero tendrá que explicárselo a la Socarrona.
Y esa, posiblemente, sea la prueba evolutiva más difícil que le quede por superar.
El cielo está asquerosamente estrellado.
No es una metáfora ni un recurso literario. Es una queja.
Hay noches en las que una sale a la selva con la sana intención de no pensar absolutamente en nada y el universo decide ponerse espectacular. Sin avisar. Sin pedir permiso. Sin tener en cuenta que una quizá estaba cansada, dolorida, enfadada con alguna máquina o tratando de recordar dónde había dejado algo que llevaba diez minutos en la mano.
Levanto la cabeza.
Asquerosamente estrellado.
Muy bonito todo.

Busco con la vista alguna cosa conocida. La Estación Espacial, un tren de Starlink, un avión que durante tres segundos pueda fingir que es algo mucho más interesante. Incluso intento localizar mentalmente a Nancy Grace Roman, aunque el telescopio no tenga por qué estar pasando precisamente por encima de mi selva sólo porque a mí me venga bien.
El cielo tiene esa desagradable costumbre de no colaborar con el relato.

Podría aparecer Dionisio.
Dionisio sí sería útil.
Dionisio entrando por la izquierda con una copa, una hiedra mal colocada y explicándome que lo importante no es comprender el cosmos sino celebrarlo. Le diría que se sentara un rato y dejara de dar consejos. Los dioses antiguos eran muy aficionados a aparecer cuando nadie los había llamado. Algo hemos evolucionado: ahora hacen eso los algoritmos.
Sigo mirando.
Lo verdaderamente incómodo del cielo nocturno no es su tamaño. Es su indiferencia.
Nosotros aquí abajo levantando fronteras, discutiendo quién tiene razón, fabricando sistemas económicos, inventando religiones, cerrando tratados, abriendo guerras y escribiendo comentarios en Facebook capaces de destruir una amistad de treinta años porque alguien ha utilizado mal una coma.
Y arriba aquello sigue funcionando.
Ni una estrella ha solicitado nuestra opinión.
Eso tiene que dolerle muchísimo al Homo sapiens sapiens stupidus.
Somos una especie recién llegada al edificio y ya hemos cambiado las cortinas del portal, discutido con el vecino del tercero y decidido que la finca nos pertenece. Cósmicamente hablando llevamos aquí cinco minutos y tres de ellos los hemos dedicado a pelearnos por la plaza de aparcamiento.
Por eso me gusta mirar el cielo.
No para sentirme pequeña.
Ya tengo suficiente información médica, administrativa y bancaria para eso.
Lo miro porque cambia la escala.
La luz que llega hasta mis ojos empezó algunos de sus viajes cuando aquí no existía nada de lo que hoy considero urgente. El cielo nocturno es una especie de archivo desordenado. Vemos cosas en momentos distintos, pasados distintos, distancias distintas, todas colocadas aparentemente sobre la misma bóveda, como si alguien hubiera vaciado una caja de fotografías familiares sobre una mesa.
Un trastero.
Naturalmente.
Hasta el universo tiene uno.
Bajo otra vez la mirada.

En algún lugar de la selva habrá un mirlo ocupándose de asuntos muchísimo más concretos. Alguna hormiga transportará una cosa absurda veinte veces mayor que ella. Una planta seguirá haciendo química en silencio. El micelio continuará debajo del suelo con sus negocios privados sin emitir una nota de prensa.
Y empiezo a sospechar que quizá ésos sean los auténticos extraterrestres.
Los tenemos delante y no les prestamos atención porque no han llegado en una nave con lucecitas.
Nosotros buscamos civilizaciones lejanas mientras pisamos sociedades de hormigas, arrancamos redes de hongos y discutimos si los animales tienen inteligencia porque todavía no han aprendido a rellenar un formulario.
Quizá estén intentando no llamar nuestra atención.
Silencio activo.
Una estrategia bastante sensata.
Vuelvo a mirar arriba.
Nada.
Ni Dionisio.
Ni alienígenas.
Ni un agujero de gusano convenientemente situado para escaparme cinco minutos al futuro y comprobar si finalmente hemos aprendido algo.
El Parador de los Hartos tampoco aparece en ningún mapa estelar, aunque sospecho que debe de tener sucursal por allí. Universo grande, clientela asegurada.
Al final no ocurre absolutamente nada.
Y ésa es quizá la parte más interesante.
Me quedo un rato quieta.
El cielo continúa asquerosamente estrellado.
La selva continúa ocupándose de sí misma.
Y por unos minutos el sapiens deja de ser el centro del universo.
Luego entro en la cueva.
Tampoco conviene abusar de la lucidez.
El Trastero de Urraca · Edición del 11 al 25 de octubre de 2026
Los humanos no nos ponemos de acuerdo casi nunca. Ni siquiera para decidir qué ropa llevar. En el hemisferio norte se rescatan las chaquetas, las primeras hojas secas hacen carreras por la acera y alguien declara inaugurada la temporada de sopas. En el sur, entretanto, la primavera se despereza: unos sacan el abrigo del armario y otros lo meten con una satisfacción casi ofensiva. ¿Cómo vamos a ponernos de acuerdo sobre si hace frío, si unos estamos entrando en otoño y otros estrenando flores?
En mitad de la discusión, el ecuador intenta conservar su propio compás, entre calores, lluvias y estaciones que no se dejan dividir tan fácilmente en cuatro. Claro que nosotros, los sapiens, insistimos en medir todo con nuestro propio termómetro, preferiblemente colocado en el ombligo.
Este octubre nos lleva de las riberas mediterráneas al barro de Asia, del Pacífico a los cielos de Australia, de los volcanes al polvo de un viejo cometa y de las campanas de octubre a la Luna creciente. A unos les corresponde sembrar; a otros, recoger. El planeta no se contradice: somos nosotros quienes queremos que todos sus rincones lleven la misma hora, el mismo abrigo y las mismas instrucciones.
El Mediterráneo empieza la ruta con una lección que no pidió nadie. Los temporales de comienzos de octubre golpearon Cataluña: calles anegadas, rescates, ríos crecidos y dos vidas perdidas según los primeros balances. Se habló incluso de un «minihuracán», expresión nacida del asombro y del miedo ante la fuerza del episodio. Llamarlo así no convierte la tormenta en huracán tropical, pero tampoco le quita un ápice de ferocidad al agua que entró por puertas y ventanas. Baleares también conoció días de lluvias intensas. Y la tierra, recién empapada, siguió esperando a que alguien pensara en sus acuíferos.
Porque el agua tiene dos vidas. Una se ve cuando cae a cubos, arrastra un coche y ocupa los titulares; otra viaja despacio bajo el suelo. Sellamos con asfalto y hormigón superficies por donde antes respiraba la tierra; sustituimos jardines por pavimentos impermeables y llamamos «mantenimiento fácil» a conseguir que una gota no encuentre por dónde entrar. No todo en la recarga de un acuífero depende de esa decisión, pero cada suelo sellado cambia la manera en que el agua circula y encuentra su camino. La lluvia puede inundarnos una tarde y, aun así, dejar sedienta la reserva subterránea.
Subamos ahora hacia Europa occidental. La luz se retira antes, las mañanas ganan nieblas y los frentes atlánticos comienzan su viejo ir y venir. En España, los pronósticos publicados para el puente del 12 apuntan a una estabilidad relativa en amplias regiones, con temperaturas suaves o incluso elevadas para octubre y chubascos posibles en algunos sectores mediterráneos y del sur. Pero ninguna previsión de quince días merece un juramento: desde la segunda semana los mapas abren posibilidades, no destinos cerrados. El lector hará bien en mirar los avisos vigentes de su región cuando el cielo se ponga serio.
Atravesamos el Atlántico y encontramos dos nombres que ya tienen historia propia en este octubre: Isaias, huracán que tocó Florida el día 9, y Simon, que alcanzó gran intensidad en aguas del Pacífico oriental cerca de México. Dos océanos, dos trayectorias, la misma necesidad de escuchar los avisos costeros y no al primero que asegure saberlo todo desde una ventana.
En Asia, el agua ha marcado otro capítulo doloroso. Las inundaciones que comenzaron en septiembre continuaron durante octubre en Tailandia y afectaron también a Bangkok. El balance difundido el 5 de octubre hablaba de 31 fallecidos en el conjunto del país. Las imágenes de Landsat, publicadas por la NASA el día 9, mostraron campos y poblaciones bajo una extensión de agua que desde el espacio parece tranquila. La imagen no puede mostrar el ruido de una casa cuando se inunda.
Nepal tiene otra geografía, pero no menos agua. Este 11 de octubre, una avenida súbita del Budhi Gandaki destruyó viviendas y puentes en la región de Gorkha. Los primeros investigadores señalaban como posible origen un deslizamiento que obstruyó un cauce y liberó después el agua acumulada. Es un episodio distinto de las graves inundaciones anteriores: la fecha importa y las cifras de las víctimas no deben mezclarse como si todo fuera un mismo desastre. Mientras se cerraba esta edición, continuaban las evacuaciones y las labores de rescate.
Cruzamos el ecuador. En Chile es primavera y, sin embargo, en Santiago las lluvias provocaron un aluvión en Las Condes, arrastraron vehículos y obligaron a evacuar hogares. En Nueva Gales del Sur, Australia, otro comienzo de primavera dejó una tormenta violenta y un tornado en la costa de Ulladulla. África austral tampoco quedó al margen: una granizada arrancó tejados y causó daños en Masvingo, Zimbabue, a comienzos de octubre. Quien había pedido a la primavera flores y mariposas recibió, en algunos lugares, el lote completo de viento, granizo y barro.
Sobre esta enorme conversación atmosférica pesa además El Niño, el calentamiento de una región del Pacífico tropical capaz de alterar las probabilidades de lluvia y temperatura en continentes distintos. La Organización Meteorológica Mundial advirtió el 8 de octubre que el episodio podría persistir hasta febrero de 2027. No es un interruptor que provoque todas las tormentas del mundo, pero sí una pieza importante del sistema, y merece que la sigamos observando.
Para los próximos días la brújula será prudente: atención a los avisos inmediatos en cada país, tendencias más amplias a medida que avance la quincena, y ningún parte milagroso para el día 25 redactado el 11. La predicción no necesita disfrazarse de profecía para resultar fascinante.
AEMET (www.aemet.es/es/portada); Organización Meteorológica Mundial (wmo.int/); Reuters, Tailandia, 5/10 (www.reuters.com/business/environment/death-toll-thailand-floods-rises-31-interior-ministry-says-2026-10-05/); NASA Earth Observatory, Tailandia, 9/10 (science.nasa.gov/earth/earth-observatory/floodwaters-overwhelm-thailand/); Kathmandu Post, Nepal, 11/10 (kathmandupost.com/gandaki-province/2026/10/11/landslide-may-have-triggered-flash-flooding-in-budhi-gandaki); EFE, Chile, 9/10 (efe.com/mundo/2026-10-09/chile-aluvion-inundaciones-evacuados/); Ayuntamiento de Masvingo, 5/10 (masvingocity.org.zw/official-statement-from-the-mayor-of-masvingo-city-his-worship-the-mayor-councillor-a-tabe/).
La Luna nueva nos visitó el día 10, justo antes de abrir este número. El cuarto creciente llegará el domingo 18 a las 18:12, hora peninsular española, y la Luna llena aguardará hasta el 26, cuando esta edición ya haya cerrado sus páginas. Quince noches para observar, sembrar, recordar las historias de casa y escuchar al cielo sin pedirle que se convierta en un formulario.
Las abuelas nunca necesitaron pedir permiso para consultar un almanaque. Entre un refrán y otro guardaban también información sobre lluvias, cosechas y costumbres que cambiaban de una comarca a la siguiente. Nosotras abrimos ese cuaderno. Quien quiera sembrar por la Virgen del Pilar, que saque las habas.
calendario lunar de Madrid (www.timeanddate.com/moon/spain/madrid?month=10); efemérides astronómicas (science.nasa.gov/solar-system/).
A veces la Tierra murmura y solo lo escuchan los aparatos. Otras sacude casas, ciudades y memorias. El 9 de octubre un terremoto de magnitud 7,7 hizo temblar Panamá. Hubo daños, heridos, evacuaciones y muchas réplicas, aunque las primeras informaciones no confirmaban víctimas mortales. En Venezuela, los grandes terremotos de junio habían dejado miles de muertos y una herida humana todavía abierta. La pregunta incómoda no es solo cuánto se mueve el suelo: es qué encuentra al moverse.
Pueden influir la profundidad del sismo, la distancia a los núcleos poblados, la naturaleza del terreno, la manera de construir y la preparación comunitaria. Un terremoto no reparte su destrucción por magnitudes escritas en una pizarra. Cuando la Tierra grita, no todos escuchamos el mismo estruendo.
En el Mediterráneo, el borde entre placas y las múltiples fallas recuerdan que bajo el mar no existe quietud absoluta. El catálogo sísmico del Instituto Geográfico Nacional registra cada día movimientos que casi nadie percibe. El 10 de octubre se anotó, por ejemplo, un terremoto menor de magnitud 2,4 en el ámbito del Mediterráneo balear. Registrar no es presagiar: es llevar el diario de lo que se mueve.
Y junto a los terremotos están las montañas que respiran fuego. El Etna y el Stromboli, en Italia, son vigilados mediante boletines continuos; los Campos Flégreos, cerca de Nápoles, concentran especial interés por sus deformaciones del terreno, emisiones y sismicidad. El INGV publica informes específicos y los actualiza. Una montaña vigilada no es una montaña condenada a estallar mañana: es una que merece ojos atentos.
Los antiguos dieron nombres a aquel fuego oculto. Hefesto trabajaba bajo tierra, entre yunques y volcanes; Vulcano heredó el oficio romano y acabó prestando su nombre a toda una familia de montañas. En Hawái, Pele camina entre relatos de lava, destrucción y nacimiento de nueva tierra. El mito cambia de continente, pero conserva la misma fascinación por un planeta capaz de reconstruirse mientras arrasa.
Cuentan algunas tradiciones japonesas que la aparición del largo y plateado pez remo, habitante de aguas profundas, anuncia grandes temblores. La leyenda ha viajado tanto como la criatura, llegando a los titulares cuando un ejemplar aparece cerca de la costa. ¿Qué cosas nos parecen señales cuando las encontramos en el momento preciso?
USGS y Panamá (earthquake.usgs.gov/); Reuters, terremoto de Panamá, 9/10 (www.reuters.com/business/environment/strong-80-magnitude-earthquake-felt-panama-usgs-2026-10-09/); IGN (www.ign.es/web/ultimos-terremotos/-/ultimos-terremotos/get10dias); INGV y boletines de Etna, Stromboli y Campos Flégreos (www.ingv.it/); Osservatorio Vesuviano (www.ov.ingv.it/).
Desde aquí alargamos los brazos de nuestros telescopios hasta donde la vista humana nunca podría llegar. Nos asomamos a la atmósfera del Sol con SOHO, preguntamos a los satélites cómo andan las tormentas solares, acompañamos a Webb hacia regiones remotas y seguimos las cartas de navegación de Euclid y de Nancy Grace Roman. Este último ya despegó el 30 de agosto y viaja hacia su lugar de trabajo. A DIVA la dejamos por ahora entre nuestros nombres de familia; algún día explicaremos por qué.
No prometemos investigar únicamente lo que sea tendencia. El cielo lleva millones de años ofreciendo novedades y nosotros tenemos una revista, no una competición de titulares virales.
La Tierra cruzará el rastro de pequeñas partículas que dejó el cometa Halley y las Oriónidas alcanzarán su máximo alrededor de la noche del 21 al 22. Son meteoros: pequeñas visitas que se encienden al atravesar la atmósfera. Desde un lugar oscuro pueden verse varios en una hora, aunque el brillo de la Luna creciente se empeñará en borrar los más tenues. La NASA recomienda mirar después de que se ponga la Luna, en la segunda mitad de la noche. No necesitaremos telescopio: para una vez que el cielo pide únicamente paciencia, aprovechémoslo.
Hay asteroides vigilados cuya designación parece la matrícula de un vehículo interplanetario. El pequeño 2026 TL6 pasó el 10 de octubre a unos 251.000 kilómetros de la Tierra, según el registro de aproximaciones del JPL. El 2026 TO8 figura el día 11, a cerca de 1,32 millones de kilómetros. Muy cerca en términos astronómicos, una barbaridad en términos de vecindario humano. Se vigilan sus órbitas, no se anuncian impactos. El sistema Sentry analiza posibles aproximaciones peligrosas a largo plazo y revisa sus cálculos cuando aparecen observaciones nuevas.
Y aquí entran los nombres antiguos. Hera, esposa de Zeus en la mitología griega, presta su nombre a una nave europea que persigue un doble asteroide: Didymos y su pequeño compañero Dimorphos. La agencia espacial europea anunció el 7 de octubre las maniobras de frenado con las que Hera prepara su encuentro. No va a lanzar rayos divinos: va a estudiar qué ocurrió cuando la misión DART golpeó deliberadamente Dimorphos en 2022 para modificar su movimiento. La diosa se ha cambiado el cetro por instrumentos de navegación.
¿Quién decidió que el cosmos no tenía sentido del humor? Hubble ha observado en el polo sur de Saturno una estructura atmosférica de diez lados. En el norte ya conocíamos el célebre hexágono; ahora el sur se apunta al decágono. Son ondas y vientos en el inmenso planeta anillado, no un dibujo arquitectónico diseñado para nuestras obsesiones geométricas.
Euclid, por su parte, nos ha mostrado una región central de la Vía Láctea donde caben decenas de millones de estrellas. James Webb continúa escudriñando polvo y mundos en formación. Y Roman, nuestro recién llegado, aspira a observar grandes extensiones del cielo infrarrojo para explorar galaxias, energía oscura y planetas lejanos. El universo tiene tantos cajones que no podemos prometer vaciarlos en una sola edición.
SOHO lleva décadas mirando el Sol; el centro SWPC de la NOAA sigue las perturbaciones que pueden alcanzar la Tierra y afectar a comunicaciones, navegación y satélites. Las auroras son una posibilidad asociada a la actividad geomagnética, no una cita concertada en Mallorca para dentro de quince días.
El 10 de octubre de 2026, NOAA confirmó una tormenta geomagnética G3 (fuerte) después de la llegada de una eyección de masa coronal. El día 11 seguía bajo vigilancia G2 (moderada): vigilancia no significa que todo el día se mantuviera esa intensidad. Las perturbaciones del viento solar pueden alimentar auroras y afectar en determinadas condiciones a radio, navegación o satélites.
Aviso de NOAA del 10 de octubre ↗Entre las luces que cruzan el cielo también están nuestros propios artefactos. La Estación Espacial Internacional pasa por encima de ciudades y campos y puede verse a simple vista en las condiciones adecuadas; NASA ofrece horarios locales en Spot the Station. Los satélites Landsat han servido además para mostrar desde arriba las inundaciones de Tailandia: el cosmos que nos rodea también devuelve la mirada a lo que sucede bajo nuestros pies. Y cada vez hay más fragmentos y satélites fuera de servicio, un recordatorio poco poético de nuestra habilidad para llenar de trastos incluso la órbita terrestre.
NASA, Oriónidas (science.nasa.gov/solar-system/meteors-meteorites/orionids/); JPL Asteroid Watch (www.jpl.nasa.gov/asteroid-watch/next-five-approaches/); CNEOS/Sentry (cneos.jpl.nasa.gov/sentry/); ESA/Hera, 7/10 (www.esa.int/Space_Safety/Hera/Brake%21_Time_for_ESA_s_Hera_asteroid_mission_to_go_slow); Hubble y Saturno (science.nasa.gov/missions/hubble/nasas-hubble-tracks-new-decagon-encircling-saturns-south-pole/); Euclid (www.esa.int/Science_Exploration/Space_Science/Euclid/ESA_s_Euclid_captures_the_Milky_Way_s_crowded_heart); lanzamiento Roman (www.nasa.gov/news-release/nasas-dark-universe-seeking-nancy-grace-roman-space-telescope-launches/); SOHO (soho.nascom.nasa.gov/); NASA, Estación Espacial (www.nasa.gov/spot-the-station/); NOAA-SWPC (www.swpc.noaa.gov/).
Los calendarios son extraños animales. Tienen santos que viajaron, reyes que perdieron batallas, barcas que divisaron una costa desconocida para sus tripulantes, inventores empeñados en encender la noche y hasta un mes de octubre al que le quitaron diez días sin preguntarle si estaba de acuerdo.
En esta quincena cada fecha guarda una historia. Las hemos dispuesto como pequeño almanaque, con sus fiestas, sus personajes y sus efemérides. El 12 merece página propia. El martes 13, por supuesto, ha exigido entrar con toda su mala fama.
| FECHA | SANTO Y SU HISTORIA | EFEMÉRIDE DEL DÍA |
|---|---|---|
| 🗓️ DOM 11 | 🕯️ San Juan XXIII. El «Papa bueno», de origen humilde, abrió las ventanas de la Iglesia al convocar un gran concilio. | ⏳ 1962: se inaugura el Concilio Vaticano II. |
| 🗓️ LUN 12 | 🌺 Nuestra Señora del Pilar. La tradición cuenta que María se apareció al apóstol Santiago sobre una columna junto al Ebro. Patrona de la Guardia Civil y vinculada a la Hispanidad. | ⛵ 1492: la expedición castellana de Colón llega a Guanahaní, habitada por pueblos indígenas; Fiesta Nacional de España. |
| 🗓️ MAR 13 | 👑 San Eduardo el Confesor. Rey inglés de la Edad Media, recordado por sus fundaciones religiosas y la devoción popular. | 🗝️ 1307: se ordena en Francia la gran detención de templarios. Aquel 13 fue viernes; el nuestro es MARTES. |
| 🗓️ MIÉ 14 | 🕯️ San Calixto I. De esclavo a obispo de Roma; su nombre se asocia a las catacumbas y a controversias sobre reconciliación y penitencia. | ⚔️ 1066: batalla de Hastings, que transformó la historia de Inglaterra. |
| 🗓️ JUE 15 | 📖 Santa Teresa de Jesús. Reformadora, escritora y mística: «vivo sin vivir en mí» y los castillos de su mundo interior. | 📆 1582: en España y otros territorios se salta del 4 al 15 de octubre al adoptarse el calendario gregoriano. |
| 🗓️ VIE 16 | ❤️ Santa Margarita María Alacoque. Religiosa francesa cuyas visiones difundieron la devoción al Sagrado Corazón. | 🩺 1846: una demostración pública de anestesia con éter en Boston cambia la medicina. |
| 🗓️ SÁB 17 | ✉️ San Ignacio de Antioquía. Sus cartas, escritas camino del martirio en Roma, siguen siendo testimonio de las primeras comunidades cristianas. | 🍺 1814: la inundación de cerveza de Londres, una tragedia tan absurda en apariencia como real. |
| 🗓️ DOM 18 | 🎨 San Lucas. Evangelista, tradicional protector de médicos y artistas; en los relatos antiguos también se le atribuyeron pinturas marianas. | 🧭 1867: la transferencia de Alaska de Rusia a Estados Unidos se formaliza. Refrán: «Por San Lucas, siembra habucas». |
| 🗓️ LUN 19 | ✝️ San Pablo de la Cruz. Predicador italiano y fundador de los pasionistas, una orden centrada en la memoria de la Pasión. | 📉 1987: el Lunes Negro sacude las bolsas mundiales. |
| 🗓️ MAR 20 | 🏥 Santa María Bertila Boscardin. Enfermera religiosa italiana, recordada por su dedicación a los enfermos. | 🎭 1973: inauguración oficial de la Ópera de Sídney. |
| 🗓️ MIÉ 21 | 👑 Santa Úrsula. La leyenda medieval la convirtió en una princesa viajera y mártir cuya compañía multiplicó la imaginación popular. | 💡 1879: Edison realiza ensayos decisivos con una bombilla incandescente duradera. |
| 🗓️ JUE 22 | 🕊️ San Juan Pablo II. El papa polaco, viajero y protagonista de décadas decisivas de la historia reciente. | 📺 1962: Kennedy habla a la nación sobre los misiles en Cuba. En 1978 comienza solemnemente el pontificado de Juan Pablo II. |
| 🗓️ VIE 23 | 📜 San Juan de Capistrano. Franciscano itinerante, predicador por Europa, figura llena de historia y controversias. | 🎧 2001: presentación del primer iPod de Apple. |
| 🗓️ SÁB 24 | 🌍 San Antonio María Claret. Misionero catalán, fundador de los claretianos y arzobispo en Cuba. | 🕊️ 1945: entra en vigor la Carta de Naciones Unidas. |
| 🗓️ DOM 25 | 👞 Santos Crispín y Crispiniano. Dos mártires vinculados al oficio de zapatero y convertidos en patronos de los artesanos del cuero. | 🎨 1881: nace Pablo Picasso en Málaga. Cambio al horario de invierno en España. |
Durante semanas el océano había sido horizonte, hambre, cansancio y discusiones. Navegaban tres embarcaciones al servicio de los Reyes Católicos: La Niña, La Pinta y la Santa María, que era una nao. En la madrugada del 12 de octubre de 1492, desde La Pinta, Rodrigo de Triana divisó la costa. «¡Tierra!». Nunca dos sílabas debieron de sonar tan bien a una tripulación que llevaba demasiado Atlántico en el cuerpo.
Llegaron a Guanahaní, una isla caribeña habitada mucho antes de que los europeos supieran de su existencia. América no necesitaba ser descubierta para existir. Aquel encuentro entre la expedición castellana y los habitantes de las islas inauguró una etapa que acabaría transformando sociedades a ambos lados del mar: comercio e intercambio, lenguas y viajes, mestizaje y familias nuevas, pero también conquista, enfermedades, esclavización y enormes pérdidas para los pueblos indígenas. Recordar la herencia hispánica no exige esconder ninguna de esas realidades.
El 12 de octubre es hoy Fiesta Nacional de España, vinculada a la Hispanidad. En Zaragoza, el Pilar llena las calles de flores, campanas y devoción. Según la tradición, la Virgen se apareció a Santiago sobre una columna a orillas del Ebro para animarlo a seguir predicando. Ese mismo día, en Brasil, se honra a Nuestra Señora de Aparecida. Dos orillas, dos advocaciones y muchas vidas que, siglos después, continúan hablándose.
El refrán no falta a la cita: «Si quieres tener un buen habar, siémbralo por la Virgen del Pilar». Si el calendario nos regala un día de fiesta, que también nos deje unas cuantas habas bien plantadas.
«En martes y trece, ni te cases ni te embarques». Marte, antiguo dios de la guerra, ya aportaba un nombre poco tranquilizador al martes; el trece completó el resto de la mala reputación. No hay que buscar grandes máquinas de profecías para explicar por qué estas historias viajan de abuela en nieta. Son parte de cómo convertimos el calendario en conversación.
El día 13 de octubre de 1307 fue viernes, no martes: el rey Felipe IV de Francia desencadenó entonces la persecución contra los templarios. La historia posterior terminó alimentando leyendas, juramentos y misterios. Nuestro martes 13 de 2026 llega con suficiente equipaje para dos novelas y una sobremesa.
Cuentan que san Francisco de Asís, cuya festividad celebramos el 4 de octubre, sacudía el cordón de su hábito con tal ímpetu que los nudos parecían retumbar sobre la tierra. Rayos, viento y temporales quedaban así explicados por una imagen que los campesinos podían imaginar y transmitir, año tras año, sin consultar mapas de presión. El «cordonazo de San Francisco» sobrevivió como nombre popular para las tormentas de comienzos de otoño.
Podemos imaginar al santo mirando el cielo con cara de no haber organizado semejante escándalo. El refranero le atribuye la llegada de lluvias; la tierra guarda el agua, cuando puede, y el mar termina devolviendo el reflejo de los relámpagos. Las leyendas no tienen que pasar un examen para merecer un lugar en nuestras páginas.
para el almanaque: santoral de octubre (www.vaticannews.va/es/santos/); Fiesta Nacional y calendario (www.boe.es/); calendarios y biografías históricas (www.britannica.com/); batalla de Hastings (www.english-heritage.org.uk/visit/places/1066-battle-of-hastings-abbey-and-battlefield/); Apple, iPod, 23/10/2001 (www.apple.com/newsroom/2001/10/23Apple-Presents-iPod/); Carta de Naciones Unidas (www.un.org/en/about-us/un-charter); Casa Natal Picasso, Málaga (museocasanatalpicasso.malaga.eu/).
Consultas para un planeta que no responde por WhatsApp
Urraca llega al Oráculo con el pelo revuelto, un cuaderno bajo el brazo y una piedrecita volcánica dentro del zapato. Tropieza con ella, naturalmente, porque nadie debería entrar en un lugar dedicado a las grandes preguntas sin que algo terrestre le recuerde que mira por dónde pisa.
—¿Pero qué es esto de que tengo que hacer predicciones? —protesta mientras se sienta, se quita el zapato y observa la piedra con cierto respeto—. Yo quería un oráculo, sí. Algo como Delfos: una cueva, una sacerdotisa, vapores misteriosos, gente preguntando si conquistará Troya… Pero aquí me habéis puesto un planeta entero, que es bastante más grande y además no se está quieto.
Y es verdad. Se nos pregunta si la Tierra temblará, si un volcán despertará, si llegará una tormenta solar, si una riada encontrará una ciudad donde antes había un humedal, si viene el fin del mundo. La respuesta breve es incómoda: la Tierra tiembla, los volcanes respiran, el Sol cambia y los finales de mundo llegan constantemente.

Llegan para quien estaba en el lugar equivocado, para quien no recibió aviso, para quien no pudo salir, para quien construyó su vida donde el agua necesitaba volver. Llegan también sin estruendo: cuando desaparece una cosecha, cuando arde un bosque conocido, cuando el calor se instala en una casa sin sombra, cuando alguien descubre demasiado tarde que el horizonte no era tan estable como parecía.
Pero no estamos aquí para pedirle a una divinidad, a una estrella lejana o a un algoritmo con voz de ultratumba que nos anuncie el futuro con fecha y hora. La Tierra no entrega calendarios de catástrofes. Y quien afirme tenerlos suele vender algo: miedo, incienso, visitas o una suscripción especialmente cara.
Lo que hacemos en Pulsos de Gaia es otra cosa. Miramos. Observamos. Escuchamos. Revisamos los sismógrafos, el cielo, el mar, las nubes, las manchas solares, los volcanes y las estaciones. Escuchamos el latido del planeta no para dominarlo, porque bastante tiene Gaia con soportar nuestras rotondas, sino para acompasar un poco nuestro pulso al suyo.
No culpamos a la Tierra por existir. Un terremoto no es una venganza, un volcán no tiene malas intenciones y una tormenta no está enfadada con nadie. Son procesos de un mundo vivo, dinámico y antiguo, que nos ofrece suelo, agua, alimento, refugio y un hogar temporal. Lo mínimo que podemos hacer es conocer sus ritmos antes de fingir sorpresa cada vez que el río recuerda su cauce.
También miramos hacia arriba. A las estrellas naturales, que llevan miles de millones de años brillando sin necesidad de campañas de marketing, y a las artificiales que hemos puesto a girar sobre nuestras cabezas para vigilar el tiempo, orientarnos, comunicarnos y, de paso, llenar el cielo de chatarra con una eficiencia muy humana. Lo que ocurra allá fuera puede afectarnos: el Sol, el viento solar, los asteroides cercanos, la Luna y sus mareas forman parte de nuestra vecindad. Pero no necesitamos inventar amenazas cósmicas cada martes para sentir asombro.
El oráculo de Urraca no promete que el mundo no cambie. Sería una promesa absurda: el mundo cambia desde antes de que hubiera alguien para escribirlo en mayúsculas. Tampoco entrega sentencias definitivas, porque las certezas tajantes son cómodas pero suelen durar menos que una bolsa de patatas abierta.
Este oráculo ofrece algo más humilde y, quizás, más útil: atención. Datos cuando los hay. Hipótesis cuando todavía no los hay. Dudas cuando toca dudar. Y una pregunta permanente: ¿estamos aprendiendo a vivir dentro de los ciclos del planeta o seguimos esperando que el planeta se adapte a nuestros calendarios, nuestras prisas y nuestros aparcamientos?
La piedrecita vuelve al suelo. Urraca se calza, mira el mapa de alertas y suspira.
—Bueno —dice—. Parece que el futuro sigue sin confirmar asistencia. Mejor. Así todavía llegamos a tiempo de prepararnos.
La alquimia es transformación. No sólo la espectacular, la que cambia de nombre, de forma o de estado delante de nuestros ojos, sino también la lenta, la casi invisible, la que sucede mientras creemos que no está pasando nada.
Está en todos los niveles. En la materia que se organiza, se enlaza, se separa y vuelve a encontrarse; en la semilla que madura dentro del fruto y después se consume a sí misma para volver a levantar raíz, tallo y fruto. Está en el carbono oscuro sometido a una presión inmensa hasta adquirir una estructura cuya verdadera maravilla no es el brillo, sino la fuerza nacida de aquella transformación.
Si llevamos la mirada hasta el fondo, la alquimia empieza antes incluso de que hubiera cocinas, plantas o manos humanas. Podemos mirar hacia el campo de Higgs, donde ciertas partículas adquieren masa, y hacia ese primer lienzo del universo en el que algo comenzó a hacerse visible para nosotros. Llamamos Big Bang al comienzo de nuestra historia cosmológica observable, pero eso no obliga a convertirlo en una respuesta última: quizá fue principio, quizá consecuencia, quizá la huella de una causa que todavía no sabemos nombrar.
Y desde allí la transformación no se detiene. No puede detenerse. Perseguir su final sería como buscar el último decimal de π. Cada proceso abre otro proceso; cada forma contiene la posibilidad de otra forma. A veces el cambio es caótico y estruendoso. Otras veces trabaja con una paciencia tan exquisita que sólo advertimos que ocurrió cuando ya estamos mirando algo distinto.
La alquimia está también en lo que comemos. En la sustancia de cada alimento que nace, madura, fermenta, se cocina y después vuelve a transformarse dentro de otro organismo. Está en la tierra que descompone y recompone, y en cada gota de agua que circula por el planeta desde mucho antes que nosotros: agua que ha sido nube, río, savia, sangre, sudor, lágrima y mar, y que seguirá cambiando de forma sin dejar de formar parte del mismo viaje.
Por eso aquí no reducimos la alquimia a un viejo sueño de convertir metales en oro. Nos interesa algo más amplio: el arte de observar cómo una cosa llega a ser otra.
La luz tampoco es todavía una imagen. Puede viajar durante millones de años sin parecerse a nada, hasta que encuentra unos ojos, una retina, una cámara, algún sistema capaz de recibirla y convertirla en forma.
La materia tampoco aparece sola ni se basta a sí misma. Necesita condiciones, campos, relaciones, un lugar en el que hacerse posible. El campo de Higgs no es exactamente el lienzo del universo, pero forma parte de aquello que permite que muchas de sus figuras tengan masa, presencia, resistencia. El universo está lleno de cosas que existen antes de que podamos verlas y de transformaciones que sólo se revelan cuando algo las recibe. Quizá la alquimia empiece precisamente ahí: en comprender que nada existe del todo aislado, que toda forma depende de aquello con lo que se encuentra, de aquello que la contiene y de aquello capaz de percibirla.
Después de mirar tan lejos, volvemos a dos viejos habitantes de la cocina y del botiquín doméstico. Aloe y ajo parecen humildes, pero ambos son pequeños laboratorios: almacenan agua, compuestos aromáticos, defensas químicas, azúcares, minerales y moléculas que cambian en cuanto cortamos, trituramos, calentamos, mezclamos o esperamos.


Quizá por eso, después de seguir la transformación desde una semilla hasta una estrella, acabemos inevitablemente asomándonos a lo diminuto. Porque cuanto más abajo miramos, menos sólida parece la realidad y más importante se vuelve la relación entre las cosas.
La palabra cuántica ha sufrido uno de esos destinos que el Homo sapiens reserva a las palabras que le fascinan antes de comprenderlas: convertirlas en adjetivo promocional.
Hay terapias cuánticas, pensamientos cuánticos, negocios cuánticos y probablemente algún día habrá croquetas cuánticas. El entrelazamiento tampoco ha salido mejor parado: basta que dos cosas estén vagamente relacionadas para que alguien anuncie una conexión cuántica y saque la tarjeta de crédito.
Y es una lástima, porque la física cuántica real no necesita que nadie la adorne. Ya es suficientemente extraña.
Además, ocurre precisamente donde menos solemos mirar: en lo diminuto, en aquello que nuestros ojos no alcanzan, en fenómenos que durante siglos habríamos considerado demasiado pequeños para importar. Pero allí abajo la realidad se permite unas libertades que, trasladadas a nuestra escala, parecerían una provocación. No porque las partículas decidan burlarse de nosotros, sino porque nuestras intuiciones fueron construidas para encontrar comida, no caernos por un barranco y distinguir a tiempo un tigre. Nadie diseñó nuestros sentidos para entender un electrón.

Ya habíamos visto que la luz no es una imagen hasta que algo la recibe. Ahora vamos un poco más abajo. Allí descubrimos algo todavía más incómodo: tampoco basta siempre con imaginar que las cosas poseen, antes de medirlas, todas las propiedades que nosotros esperamos encontrarles. Lo pequeño no es una versión minúscula de nuestro mundo. Tiene sus propias reglas.
El experimento de la doble rendija parece una broma por lo sencillo que resulta contar su montaje: una fuente, una pantalla con dos rendijas y otra pantalla detrás. Si enviamos partículas una a una, las detecciones llegan como puntos concretos. Pero al acumular muchas aparece un patrón de interferencia, el tipo de dibujo que asociamos a las ondas.
La función de onda no es una nubecita material flotando alrededor de una partícula. Es parte del lenguaje matemático con el que describimos las posibilidades del sistema. Y cuando tratamos de obtener información acerca de por cuál rendija pasó, las condiciones físicas del experimento cambian y con ellas cambia lo que podemos observar.

Y entonces aparece el pobre gato de Schrödinger. No fue inventado para demostrar que un gato real pueda estar alegremente vivo y muerto en una caja. Schrödinger propuso aquel experimento mental precisamente para mostrar lo extraño que resultaba trasladar ciertas ideas cuánticas, como la superposición, directamente al mundo cotidiano.
La superposición no significa que una bolita esté simplemente escondida en dos lugares a la vez. Significa que el estado cuántico puede incorporar una combinación de posibilidades hasta que una medición produce un resultado concreto. Lo raro no desaparece por explicarlo mejor; sólo deja de convertirse en una caricatura.
El bit clásico trabaja con dos estados distinguibles: 0 o 1. Un qubit puede prepararse en una superposición de sus estados básicos. Eso no convierte al ordenador cuántico en una máquina que prueba mágicamente todas las respuestas y luego adivina la buena. El truco está en diseñar el cálculo para que las amplitudes cuánticas interfieran entre sí: algunas posibilidades se refuerzan y otras se cancelan, de modo que al medir aumente la probabilidad de obtener información útil.
Ahí está una de las rarezas más hermosas de la computación cuántica: construimos un cálculo cuya vida interna no podemos leer paso a paso como leeríamos una cuenta en un cuaderno, porque medir durante el proceso altera precisamente aquello que queremos conservar. No es un salto de fe. Es una ingeniería extremadamente precisa de probabilidades, interferencias y control.
Y no, eso no significa que el próximo ordenador de la cocina vaya a ser cuántico. Estas máquinas necesitan condiciones extraordinariamente delicadas y, durante mucho tiempo, lo más razonable será utilizarlas como sistemas especializados, muchas veces a distancia, para problemas concretos. El monstruo no tiene por qué vivir debajo de la mesa para que podamos pedirle trabajo.
Quizá ésa sea la verdadera insolencia de la cuántica. Hemos pasado siglos suponiendo que lo diminuto debía ser simple porque apenas podíamos verlo. Resultó al revés. Cuanto más abajo descendemos, más tenemos que abandonar nuestras certezas de tamaño humano. La materia no está obligada a comportarse como una piedra sólo porque nosotros hayamos aprendido primero a entender las piedras.
La inteligencia artificial tiene una habilidad extraordinaria para presentarse como solución antes de que hayamos terminado de explicar el problema. Uno entra para ordenar tres documentos y sale con una propuesta de transformación integral, cinco aplicaciones nuevas y la sospecha de que necesita contratar un director de operaciones para encontrar la carpeta. En El Trastero proponemos empezar de una manera menos aparatosa: sentarse, elegir una tarea y hacer cinco preguntas. La Socarrona ha pedido añadir una sexta, pero consistía en «¿quién ha organizado este desastre?» y preferimos conservar la paz doméstica.
¿Qué quiero conseguir? «Quiero usar inteligencia artificial» describe una herramienta, pero todavía no dice qué necesitas. «Quiero preparar una respuesta clara a las consultas de mi taller» ya nos da una tarea. «Quiero que mi cuento conserve mi voz al corregirlo» nos da otra. Cuanto mejor reconozcas el resultado que buscas, más fácil será decidir si una IA puede ayudarte, qué tendrás que aportar y qué parte conviene seguir haciendo tú.
¿Cómo lo hago ahora y dónde me atasco? Antes de automatizar una costumbre, merece la pena observarla. A veces el problema es una instrucción confusa, un archivo que nadie encuentra o una decisión que se está aplazando. Una herramienta puede ayudar, pero también puede ejecutar muy deprisa un desorden que aún no hemos entendido. No hace falta describir toda tu vida laboral: basta con explicar una situación concreta y mostrar un ejemplo que puedas compartir.
¿Con qué cuento ya? Aquí entran tus herramientas, tu tiempo y tu presupuesto. Si pagas una aplicación, primero conviene averiguar si permite hacer lo que necesitas. Si no pagas ninguna, tampoco empezaremos suponiendo que debes coleccionarlas. La pregunta útil es qué opción sirve para esta tarea y qué límites tiene. Aether tolera bastante bien que no le compres un primo nuevo cada semana; la economía doméstica también suele agradecerlo.
¿Qué tengo que comprobar? Una respuesta puede sonar impecable y contener errores. Por eso conviene acordar antes qué hará que el resultado sea bueno: que respete tu voz, que no invente datos, que cite una fuente comprobable cuando haga falta o que cumpla el formato que necesitas. En un borrador comercial revisaremos los datos del servicio; en una ilustración, los personajes; en una noticia, sus fuentes y su fecha. La revisión forma parte del trabajo.
¿Dónde pongo el límite? Decide qué datos quieres compartir, qué accesos hacen falta y qué acciones deben esperar tu aprobación. Pedir ayuda para redactar un correo no es pedir que lo envíen. Preparar una página no es publicarla. Y probar una herramienta no obliga a convertirla en administradora general de tu existencia. Puedes avanzar poco a poco, con una tarea acotada, una prueba revisable y la posibilidad de decir «hasta aquí».
Con estas cinco respuestas ya tenemos algo mejor que una promesa de futuro: un punto de partida. Quizá necesites una explicación, quizá una prueba, quizá apoyo para montar un pequeño proceso. Si quieres hacerlo acompañada o acompañado, Urraca puede trabajar contigo en una sesión individual de 40 minutos y dejarte después un mapa escrito para continuar. Puedes conocer la asesoría y pedir información. El examen de omnisciencia queda suspendido; nadie de la redacción lo había aprobado.
Crucigrama, lógica y siete diferencias. Las soluciones se quedan al final: Robotito no sopla.
Si has llegado hasta aquí, ya sabes cómo funciona El Trastero: abrimos una caja, encontramos tres preguntas, una receta, un volcán, una IA que asegura que no ha hecho nada y alguna cosa que nadie recuerda haber guardado.
En el próximo número:
Seguiremos entrando en lo pequeño sin convertir la física en horóscopo con electrones.
Lentejas. Guiso de calabaza. Cocina de otoño y esas transformaciones químicas que terminan, milagrosamente, en un plato.
Lo que cambia fuera, lo que recogemos dentro y alguna manera sensata de entrar en la estación.
Historias, ritos, memoria y calabazas. Con fantasmas si se presentan, pero sin obligación contractual.
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EL TRASTERO · 2026
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